En bajada


Nueve detonaciones rápidas y salvajes han dejado una temporada de silencio de quince segundos. Los gritos y gemidos aparecen para nunca volver a dormir esa noche.

El Maracucho, quien escribe ideas vagas en una hoja vacía, se levanta de un brinco. Se asoma a la ventana colonial junto a sus compañeros de pensión. 


En la calle hay tres sujetos recién caídos al piso, la sangre corre con buena velocidad hacia abajo, es una calle con buen drenaje.

- ¡Maldito becerros los jodí! ¡Se llevaron a mi novio, pero los jodí!

Son los gritos de una hermosa y bronceada flaca, cabellera negra lacia, con una humeante 9mm en mano y toda echada pa’ lante. Les hablaba a dos de los tipos que todavía agonizaban en el suelo. Era la amante del DISIP que acababan de matar para quitarle sus "guayas" de oro.

El Maracucho observa por la ventana con una mezcla de fascinación y frikeo.Sus vecinos de la pensión no le dan tanta importancia- Así será todo lo que han visto- Un muerto más un sábado en la noche, es como un trago de aguardiente en una fiesta.

Se escuchan disparos calle arriba, son los compinches de los choros muertos, ella se agacha para protegerse y al hacerlo acaricia el cabello del tercer cuerpo que yace boca abajo con un hilillo de sangre saliendo de su boca. Le levanta la cabeza y el muerto entreabre los ojos opacos y hundidos. La flaca pierde la dureza y llora con todo su dolor.

El Maracucho, sin notarlo derrama una lágrima viendo a la mujer. Ella se sentía culpable porque su novio la había ido a buscar para ir al cine, pero ella se negó a salir, en cambio, lo convidó a beberse una botella de miche ahí mismo en su casa. 


Cuando regresaban de la licorería fueron abordados por dos gorilas ansiosos, quienes no se percataron que el atracado en cuestión era DISIP y como todo funcionario del gobierno, se sentía “guapo y apoyao’”.

El agente tuvo tiempo de sacar su hierro y acertar en el hombro de uno, pero el otro menor se guindó en su gatillo varias veces, perforando cuello, pecho y abdomen, lanzándolo de una vez al suelo. 


La flaca cuando ve desplomarse a su caballero, le quita el arma de la mano y arremete contra los dos bichitos al mejor estilo de las caraqueñas resteadas y peligrosamente bellas.

“Atención todas las unidades...posible efectivo herido en tiroteo, detrás de la Contraloría, avenida Andrés Bello”, se escucha en las transmisiones de las patrullas.


Tas, Tas, Tas, Tas. Otros tiros desde lo alto de la montaña. La flaca sale de su dolor y retoma su temple como poseída por el demonio. Las sirenas venían rápidas y frenéticas. La comisión policial ve a una mujer que sale disparada como una pantera echando candela por su boca, por su mano y por sus ojos, calle arriba, subió en busca del cerro y sus depredadores.

Añitos después, El Maracucho, de regreso en su tierra natal, recuerda y se imagina ese episodio batiendo el vaso de Whisky y siguiendo el coro de una canción que dice: “Me gustan las caraqueñas nada más...”

Su recuerdo se colaba entre las reflexiones sobre que tan lanzado hay que ser en una cita con una caraqueña, sea del este o del oeste. ¿Habrá que ser como realmente uno es?, ¿besar en la mano? ¿O lanzarse de una en búsqueda de sus labios, salga sapo o salga rana?

Todo depende, obviamente, pero son tiempos modernos; la velocidad y la malicia importan más que la sensualidad contenida y la profundidad emotiva. De cualquier forma, todo es como un asalto: a veces, todo sale bien y a veces, te matan haciendo el trabajo y ahí quedaste.

Así son las citas...” A mí me gustan todas”...repite Gustavo Aguado. El Maracucho piensa, recuerda y ve a la flaca disparando. Su franelilla blanca dejaba ver sus puntiagudos pezones que vibraban levemente en cada percusión. No había pensado en ello hasta hoy, el halo de tragedia impedía ver la belleza y sensual simetría más allá de la sangre, el miche y la pólvora.

Los proyectiles de 9mm en esa hora de la noche se le antojaban como puntas de senos pequeños, ese es su deseo y fascinación por estos días, todo lo ve ahora como pequeños pechos blancos que caben en su boca. Delicados montículos blancos adornados por pecas, que son la constelación de estrellas que adornan los pectorales de una mujer...una delicada y fina mujer, una dama, de mejor vida y educación que la flaca del tiroteo, pero igualmente resteada, y mosca, porque la apariencia dulce no tiene nada que ver, aunque si el estatus, lamentablemente.

El vaso está vacío, ya amanece, e igual que aquella madrugada en la pensión de la vieja española, donde una hermosa flaca empuñaba una automática para vengar la muerte de su amante. En este amanecer, el maracucho, en su tierra natal, aun más hostil que la capital, y desgraciadamente, menos sofisticada, escribe íngrimo sobre la barra del bar tratando de recordar el nombre de esa mujer y de otras, que han matado por amor y el amor las ha matado.

Nos enteramos ya cuando el sol sale, preguntando quién es la fuente del río de sangre que corre desde lo alto, viene en bajada, por una calle bien drenada.



© Edwing Salas
Foto: www.dionneg.com

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