La Escoba



La puta escoba, ese primitivo instrumento que va de aquí para allá, tras un polvo que se esparce día a día por todos lados, como la mala situación del planeta. Está en cada rincón, cada pasillo, cada habitación. Impide cada intento de superación.

La pobreza; es arrecho sacarla, como el polvo de la casa. Luís envejece como las paredes de la vieja vivienda. Tiene años tratando de salir de esa maldita e injusta condición, es una de las pocas mayorías a la que pertenece, el 87% de habitantes del país es de limitados recursos. Qué coño importa que la casa deba barrerse a diario.

Esa dañina obsesión es de Marinéz. Así como el coleto, la cocina, el repetitivo arroz y las letanías de pasta con plátanos, el puerco, la cerveza, el cigarro y el café. Ella es feliz limpiando todos los días, es lo más fácil.

Las urbanizaciones, edificios y cosas sofisticadas no son para ella, nunca podrá pagarlas. Nunca ha pedido demasiado, solo cerveza, cigarro, café, puerco, arroz, pasta y su negro Agustín, quien, por cierto, está en el monte y llega el fin de semana.

Ante las paginas desplegadas de La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells, Luís sufre la invasión de su espacio al sentir el arrastre de la escoba bajo sus pies. Marinéz, ejecuta su rutina de limpieza con agresividad. Está segura que su hijo tiene algo malo: después de ir a la universidad sigue pelando bolas, mucho más que ellos, que nunca estudiaron.

Luís no deja de pensar en H.G. Wells, quien siendo hijo de una humilde criada, le ruega encarecidamente a su mamá que lo lleve a la ciudad de Londres para estudiar, de lo contrario,  se vería obligado a cometer suicidio, porque esa vida de pobreza y falta de superación no eran para él.

¿Que habría pensado Marinéz si su hijo le pidiese dinero para irse a Londres? Eso no sería una situación de ciencia ficción. Sería, más bien, “Social Ficción”.

El polvo se aloja en la nariz de Luís, le provoca tos y estornudos. Su mamá arrecia la operación de barrido transmitiendo un mensaje claro, sin emitir palabra alguna: “desaparece y déjame limpiar”. El lector, culpable y derrotado, se retira, buscando las sombras de las matas del patio para continuar su escape de la realidad.

Cada cabeza es un mundo, por eso, diariamente hay dominación, segregación, genocidio, homicidio, fratricidio, suicidio y éxodo.


Cada segundo es una guerra entre dos, tres, cuatro y miles de mundos. Lo que estorba o no se entiende merece ser destruido.

(c) Edwing Salas


Imagen cortesía de www.limpiahogar.com

Comentarios