A Flote


En ese punto de su vida, Edmundo comenzaba de nuevo. Cuarenta años ¡Por dios! eso no es nada, que maravilloso futuro. Aún se puede empezar de cero en otro lugar. Mar, naturaleza y gente que no te juzga por lo que tienes sino por lo que eres.

Arián es el pueblito costero de apenas cincuenta casas que Edmundo escogió para vivir el resto de su vida, alejado del lenguaje binario que tanto había amado, por el cual, dio sus mejores años, con la esperanza de convertirse en el Steve Jobs venezolano.

El chamuscado zinc del techo tenía dos troneras. Las paredes eran verde agua, casualmente desconchadas por el salitre que deja rastros amarillentos sobre espacios blancos, donde las hormigas cangrejo tienen su conjunto residencial.

El sanitario también es amarillento y sin tapas, eso no le gustó. Mucho menos que el baño no tuviera puerta, sino una cortina de tela con unas sonrientes hawaianas que bailan con un volcán de fondo en pleno ocaso.

No era la casa en la playa que se imaginaba, pero por lo menos hay un techo roto bajo el cual caerse muerto.

Lo que le había quedado del arreglo amistoso por ceder los derechos del software "Sweet" le serviría para pagar los primeros seis meses. Esa fue su última batalla perdida en la guerra de la creación tecnológica. De ahora en adelante, estaba seguro que se mantendría con la pesca ¿Qué tan difícil podría ser?

No pudo escapar de sus libros; Programación, HTML, Visual Basic y la colección completa Armand Sautreaun, "Claves del Misterio", el best seller mundial que también tuvo tres secuelas fílmicas.

Los llevaba consigo, como el Miranda de la película. Esa última escena, donde el héroe flotaba en el mar con todos sus libros, la tenía tatuada en su memoria, así se sentía. Los estudios no te llevan a ninguna parte, no cuando vienes de donde vienes, no con ese árbol genealógico tan marchito.

A través de la ventana podía ver el azul sobre azul, intentaría escribir algo. Por primera vez quería escribir literatura: poesía, cuentos, historias. Los algoritmos y matemáticas lo habían decepcionado. Le decían que su carrera era infaliblemente lucrativa. No si estás donde estas.

Le queda su laptop con 23 gigas de música. No televisión, no Ipad, nada de celular, eso es todo, no se necesita tanto. Un chinchorro y una sola maleta con ropa, es más que suficiente.

El sol naciente expande su anaranjado brillante sobre las olas. El agua fría en su piel le infunde energía y vitalidad. Agarra aire en sus pulmones, se queda quieto, pero se hunde. Por más que repite la operación cada día en la mañana, se va y toca fondo una y otra vez. Menos mal que siempre está cerca de la orilla. No sabe flotar.

Siempre había querido aprender a nadar, desde muy pequeño, pero le impusieron otros deberes, otras maneras de mantenerse a flote en la ciudad.

Desde su llegada, hace cinco días, las miradas de los lugareños le examinaban con curiosidad, Edmundo les sonreía con cariño mientras saludaba, algo que nunca había hecho con sus compañeros de oficina, con sus vecinos, ni siquiera en su casa.

El séptimo día pidió a unos pescadores que lo llevaran a ver como era su oficio, ellos aceptaron enseñarle con mucho gusto.

Las carcajadas al viento de los hombres de mar durante el viaje tenían el sonido de quien sabe que habrá diversión a costillas de un guevón recién llegado de la ciudad.

Mar adentro, con el viento moviendo su cara, se dio cuenta que estaba en plena crisis de los 40. Le había llegado como a los 32. Se reconoció como una persona muy precoz. No había Ferrari o Harley Davidson que comprar, ni una veinteañera que lo acompañara, era solo un viejo verde. No era de los “interesantes” adinerados.

Ahora todo es más rápido, la tecnología lo acelera todo. Miró a su alrededor y notó que los pescadores se habían callado, cada uno imbuido en sus celulares.

La lancha volaba, a veces en el aire, a veces entre las olas, y cuando caía, brincaba más alto entre las crestas espumosas que se hacían más salvajes a medida que surcaban el mar Caribe. Los pescadores seguían en silencio mandando textos.

La ola que los arrojó más alto venia larga y cargada, la vieron venir pero era tarde para aminorar la velocidad. El peñero levantó proa dando un 360 en el aire que tiró los tripulantes al mar, el motor se salió de popa y le cayó en la cabeza a uno de ellos, la embarcación se encimó hacia el resto.

Edmundo sintió el tirón en su estomago al saltar y luego vio el cielo dando vueltas mientras el agua lo cacheteaba y llenaba su cuerpo de humedad y frio. Ahí lo supo. La iluminación que precede al final.

El sol lo encandiló cuando saco su cabeza intentando flotar, no había fondo bajo sus pies, se hundió rápidamente - Ahora si toqué fondo- pensó con ironía y hasta sonrió tragando la primera bocanada de agua salada que le haría toser y atragantarse. Nunca logró cruzar el charco, como se lo prometió de joven universitario, ahora el charco se lo estaba tragando a él.

Sus recuerdos estaban llenos de oportunidades, futuras y pasadas, las tomadas oportunamente y las inmensamente desechadas. Era la película de su vida la que pasaba por sus ojos, pero sin editar y con muchos errores, fuera de foco y con diálogos sin contexto. Era una pésima película.

Había llegado ahí porque quería ser otra persona, sin altas expectativas, sin estrés, quería adaptarse y vivir realmente solitario, para que la misma soledad tocara fondo y se convirtiera en acompañamiento y buenos momentos.

Sus bronquios empezaron a reventar como pequeños globos, la sangre bombeaba cuarteando el corazón, la garganta marinada de tanta sal y agua. Sus pies se acalambraron y dejaron de moverse, el peso de su cuerpo lo enviaba cada vez más abajo. La luz se hacía opaca y en los oídos el eco eterno de la corriente marina.

Edmundo se sintió como Francisco de Miranda flotando en sus libros sobre el mar, a la deriva y libre.

Se dejó llevar, por fin, había superado la maldita crisis de los cuarenta. Ya no sufriría por ella. De nada le sirvieron su internet, sus películas, sus comics y sus libros. No lo salvarían su título universitario de informática, ni su postgrado en programación y análisis de sistemas, ni su adicción al trabajo para comprarse una casa digna que jamás tuvo. O pagarse los viajes que siempre quiso y mucho menos, los aparatos más codiciados en la era de las telecomunicaciones y el entretenimiento de alta definición.


El ser moribundo que era en ese momento se lamentó profundamente de no haber aprendido algo que si le hubiese dado más opciones de salvarse. La tristeza de su final le robó el alma, condenándolo para siempre en las penumbras del remordimiento, no porque jamás aprendió a nadar, sino porque nunca supo cómo vivir. 
                                                            FIN

(c) Edwing Salas 04/04/12

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