Por la espalda



Bastó que el pequeño Emeterio dijera con pesar “¿Por qué dios tuvo que hacer este mundo así?” para que su abuelita Rosaura brincara despavorida y gritara “¡Dios mío, herejía, blasfemia, cuestionamiento de la voluntad de Dios, pero bueno Emeterio, por qué hablas así!”.

Su hija Marcela, la madre del niño, también se ofuscó al ver que el pequeño filosofaba con rabia delante de su abuela al no habérsele dado permiso para ir a jugar fútbol con su balón. El escándalo por la indignación de ambas mujeres ante las peligrosas ocurrencias de Emeterio fue a parar a oídos de Marcial.

-¿Quieres salir a jugar?, vamos pues, vamos ya para la calle ¡Vamos pues! -Gritó Marcial-

- ¡No papi, mentira, yo me voy a portar bien! ¡Yo no voy a decir más nada! ¡Por favor! –El pequeño Emeterio imploraba piedad, no era para tanto-

Su voz se quebró y sus piernas temblaban. Marcial se empezó a quitar el grueso cinturón marrón de cuero.

-¡Vamos o te jodo aquí mismo! – Insistió Marcial-

-  Ya Marcial, no es para tanto, tú sabes cómo me pongo yo, pero ya pasó, el niño no dijo nada malo, fui yo quien entendió mal.

- ¡No se meta doña Rosaura! por eso es que estos coños después no sirven para nada, por el bendito amor a los hijos.

Emeterio caminó y agarró su balón. Era el ser más miserable del mundo. Era un monstruo, había causado de nuevo un problema entre sus familiares. Él solo quería jugar fútbol, pero cada paso que daba le pesaba más y más, como si sus pies arrastraran sendos grilletes.

Se detuvo en el pequeño portón de hierro. Marcial le abrió. 

-Sal a jugar pues.

Emeterio no quería salir, ya no quería jugar, solo quería ir a su cuarto y meterse bajo su almohada para llorar hasta quedarse dormido. El llanto se le acumulaba en el pecho, mientras su visión se inundó de agua.

El niño atravesó el umbral hacia la calle. Estaba despejada. Era sábado, cuatro y media de la tarde, un momento perfecto para jugar.

El balón tocó el piso, pero el niño se quedó ahí mirándolo, de hecho, no miraba el balón. Miraba el piso, contemplaba su sombra.

- ¡Anda pues! Juega ¡Juega o te jodo! ¿No querías estar en la calle? – Gritó Marcial-

- Marcial no grites, se van a enterar los vecinos – Dijo Marcela-

El niño pateó el balón y comenzó el juego. Su voluntad contra su humanidad. Quería llorar, quería estar solo, callado, arrepentido de querer jugar, de haber insistido hasta el cansancio para que le dejaran salir, de haber dicho lo que dijo después de que su padre y su madre le negaron el permiso. Sin duda era un castigo de Dios por haberlo cuestionado.

Los vecinos se asomaban a verlo jugar, incluso los otros niños del callejón. El veía caras que lo miraban con burla, con saña, como quien ve un monstruo culpable de mil crímenes caminar hasta el patíbulo.

Pateó nuevamente y miró hacia su casa. Su padre, quien lo había vigilado desde la pequeña cerca, ya no estaba. Quizás lo había malinterpretado, quizás Marcial si quería que jugara y se metió cuando vio que su hijo ya estaba haciendo lo que quería. Emeterio aprovechó ese momento para sentarse en el borde de la deteriorada cerca de ladrillos y tratar de serenarse. Colar el llanto entre bocanadas de aire y secarse las lagrimas que se desbordaron en cuanto se sentó. 

Sintió mucho miedo, pero ya todo estaba pasando, venia la calma después de la tormenta. Se disculpó con Dios por todo lo que dijo.

En ese instante sintió un rayo chocar contra su espalda. Inmediatamente, el ardor y lo caliente, lo estremecieron. Se levantó disparado.

-¡Que juegues no joda! – Marcial lo había azotado con la correa marrón –

El vecino de enfrente, el señor Moisés, iba saliendo y le tocó contemplar lo que estaba sucediendo. Emeterio y él cruzaron miradas. El buen anciano solo podía observar con dolor e impotencia.

 -¡Vamos, no joda! ¿Quieres calle? ¡Ahí tienes tu calle!

Emeterio gritaba, lloraba y a la vez jugaba fútbol. Pateaba el balón, metía gol. Sacaba de nuevo.  Corría de aquí para allá. Corría con todas sus ganas. La gente salía a ver lo que estaba sucediendo. En apariencia, un niño jugando solo, pero sin rostro de disfrute por lo que hacía.

Lo que sucedió después no logró recordarlo. Todo era borroso, confuso. Emeterio revivió ese y otros hechos de similar naturaleza al buscar el nombre de Don Marcial en su agenda de contactos, para escribirle un mensaje. Se encontraba refugiado en casa de un amigo.

Marcela y el propio Marcial, hace ya tres semanas, le habían dicho que se fuera de la casa, porque él ya era un hombre y no debía estar ahí.


En la pantalla del móvil podía verse la fecha: Domingo de 17 junio de 2012, 2 PM. “Feliz día del padre”. Escribió Emeterio. Diez minutos después su teléfono sonó recibiendo un mensaje de vuelta de Don Marcial: “Gracias”.

© Edwing Salas
22/06/12

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