Obelisco y lluvia



En frente, muy cerca, el obelisco, alto. Hacia el noreste, la montaña bañada de niebla y bruma reconfortante. Esa gaseosa blanca se aproxima acariciando las dermis con baja temperatura y esperanza. El reloj es centro de la atención, la música en los audífonos es solo una unidad de medida cronológica mientras se queman horas en vez de calorías.

 Comunicación simultanea con otras dos capitales latinoamericanas, Antony Joseph and the Spasm Band, la hora y el chat. Como quizás lo predijo Alvin Toffler , el futuro está en las manos , ahora solo falta el momento de recibir el mensaje o la llamada que confirmará el tan esperado plan del día. Pasan maestras de color, ejecutivos caucásicos, obreros multiétnicos, la vida que se pasa en la dolorosa monotonía sin salida es el rasgo principal de algunos de ellos y su silencio, que grita desesperación.

Ese no parece ser el caso de los adolescentes que se devoran y rozan sus cuerpos como si se tratase de un performance público en medio de la plaza. Sus hormonas no conocen el miedo escénico. Sus existencias no sufrirán el mismo final del resto del mundo, ellos si lo lograrán, están seguros.

Un señor de clase obrera y todo el cliché visual que conlleva este término ha llegado cansado a una banca. Reposa y su mirada se detiene por completo en la pareja de jóvenes. Sus cinco décadas quisieran retroceder hasta esos enérgicos 18. Su silencio descubre la certeza de que ellos también terminarán como él y su mujer. Esta tierra no da para más, mucho menos para los que abundan, cuya única utilidad es votar por quienes viven cerca del Obelisco.

¿Por qué no dejan que la gente se tumbe en la grama? El viento frío invita a ser feliz, hay pocos en la plaza, pero se saben alegres. Ya no habrá ningún demente disparando a mansalva. El fluido sonoro que pasa entre los audífonos es parte del paisaje construido por la bruma. El reloj marca otros números pero el aparato permanece en silencio.

Un punk veinteañero con cresta perfecta y ropa negra, incluyendo chaqueta con púas y todo el cliché que define el término, atraviesa la plaza. Hasta el coche rosado con su hija recién nacida es un tópico rancio , parece que tampoco lo logrará, pronto tomará la banca del señor con 50, que ya ha retomado su camino hacia su realidad plagada de paredes naranja y techos plateados, o verdes.

El viento se hace más abrasivo y ha traído nubes grises que parecen ser tocadas por la punta del obelisco. Al moverse son rasgadas por él. Gotas frías caen, más brisa, música, la gente empieza a abandonar sus lugares para buscar guarecerse.

 Falsa alarma, las nubes pasaron de largo con lo que traían en sus panzas infladas. La luz empieza a marcharse tras ellas. Pasan más transeúntes. Amigos se encuentran, el que lleva la torta en la caja es quien guía el camino hacia el sitio de reuniones.

La pareja se desplaza como si fuera uno. Cruzan la plaza, él avanza abrazándola y besándola. Ella prendida a su cuello, adherida a sus labios y montada sobre sus pies se deja llevar.

El aparato ilumina, la penumbra ahora le da notoriedad. Temperatura perfecta, reconfortante, tranquilidad, melodías de climas con estilo de vida, cero mensajes, cero llamadas, el plan se cayó. Tiempo quemado en vano, dinero incluido. El futuro está ahora en nuestras manos, se lleva en los bolsillos, pero no se tiene control de los eventos de nuestros destinos, del pasado, del presente y el porvenir.

© Edwing Salas
 01/06/13

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