A la deriva



“Las oportunidades surgen muy pocas veces en la vida y si no has aprovechado ninguna, no lamentes tu presente.”

Britanio era así, como su nombre, un sustantivo que resultaba sonso e innecesario. Quemó todas las naves antes de que partieran, muchas las incendió en pleno viaje con el viento a favor y otras, las cañoneó tan solo con verlas en el horizonte.

Una agónica balsa llevaba su existencia, se acercaba la degradación natural, ya estaba ahí. Todo lo que espera más allá es degeneración, sufrimiento, el clímax de la muerte y descomposición.

No era valiente, ni sensato, ni astuto, ni con sangre fría, mucho menos carismático. Su angustia perenne en constante ascenso y su ilógica pasión e ingenuidad le hacían demasiado inseguro, pesimista, o como él mismo lo pensó siempre, “Demasiado Realista”.

Quién está acostumbrado a fracasar le teme demasiado a las victorias, se torna un enamoradizo de las fallas, las empresas inconclusas, las impuntualidades deshonrosas, las causas perdidas, las separaciones, las pérdidas y el continuo odio hacia sí mismo.

Ignoraba totalmente si era algo heredado. Debió arreglárselas solo desde pequeño y en vez de convertirse en un truhán de los siete mares, con fortunas saqueadas y labios robados, era un errante marinero que actuaba como rata acorralada, convirtiéndose en presa de piratas y la marina real.

Se le podía encontrar en el mismo perímetro marítimo. El íngrimo islote con manglares era su única pertenencia, por lo menos, hasta el momento. A ningún fugitivo se le hubiese ocurrido esconderse en un paraje tan inhóspito y azotado por insectos chupa sangre y serpientes de agua.

Britanio guardaba el temor y esperanza de ser alcanzado por una de esas alimañas. Un franciscano una vez le dijo que quien se quitara la vida por su propia voluntad estaría condenado para siempre a arder en el aceite hirviendo del averno, junto a Satanás, quien atormentaría su pobre alma por mil eternidades.

No era creyente, pero cada vez que se le ocurría armar una horca las palabras del monje venían a su mente. Le recordaba tal cual, envuelto en su entrepierna con la piel de una de las ovejas del pastor que profesaba la fe anglicana y que se negó a abandonar sus dogmas para abrazar la religión dominante en Francia.

Luego de cortarle la cabeza, los representantes de la iglesia confiscaron sus bienes y ese monje en especial sentía profundo apego a las cabras y ovejas, quienes “no eran tan endemoniadamente pecaminosas como las mujeres”, según le confesó.

Britanio si amaba a las mujeres sin importar lo que fueran, pero su azarosa vida siempre las alejaba en esas embarcaciones que él mismo se encargaba de incinerar, ya sea por no demostrar debilidad o por saberse un hombre sin pasado, presente, ni futuro. Alcohol y opio serán la compañía perfecta.

Ya solo quedaba el ron. Fumar le habría desatado los demonios que aún le perseguían, dándole esa fama de cobarde paranoico de altamar, una delirante rata de embarcación, de esas que saltan de cubierta cuando retumba algún cañón. 

Quinto día flotando en medio de la nada. Una ballena expulsó agua junto a él. El líquido estaba frío, lo que quería decir que el animal llevaba varios días en la oscuridad de las profundidades, donde el sol no existe; ese perturbador astro rey que tenía su piel roja y sangrante.

Terminar hundido o devorado por los tiburones era un destino poco honorífico, pero era el final que sin duda se merecía.

Quería ser como los bucaneros que escuchó en las historias que contaban en las tabernas de los muelles de la isla de Santa Elena, cuando apenas era un niño que acarreaba la escupitina y el balde de orine.


El oleaje y la brisa de la tarde le brindaban una breve sensación de bienestar. ¿Sería esa la última experiencia de sus sentidos antes de oscurecerse ante la vida? ¿O el cruel destino le depararía muchos más días de deriva moribunda?

                     FIN

© Edwing Salas

30/11/13 

@EdwingSalas  

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