Maldito Civil - Parte 2

                             



La gente con la mayoría de sus necesidades cubiertas veía a quienes poseían escasos recursos como parásitos que afeaban el paisaje local. Incluso, en el principal partido de oposición que se erigió como cabeza de la lucha, le negaban la entrada a sus filas a gente con exceso de melanina en la piel y cuya forma de vestir no fuera como la de ellos.

Había desconfianza, los unos miraban a los que venían de la mayoría territorial como “chusma”, “salvajes”, “monos”, infiltrados cubanos o del gobierno.
 
En el otro sector la historia no era diferente. Los pobres veían a los “pálidos” que vivían en quintas y apartamentos como los “ricos”: Ladrones de su presente y su porvenir, gente que les miraba por encima del hombro.

Siempre ha existido un contenido negativo por herencia hacia quienes venían de la masa o "pueblo", debido a la no superación de la cultura de castas. Por esa razón, el resentimiento y la envidia movían los despiadados pasos y acciones de los “Juan Bimba”, quienes se sentían culpables sin culpa, apoyados y también odiaban sin pizca de remordimiento a los ricos.

El líder clarificador les aupaba para que se sintiesen orgullosos de lo que eran y por tanto, que no cambiasen. Él se encargaría de sus problemas y les ayudaría siempre. 

La situación se tensaba más por la sintonía que acaparaban los medios de comunicación privados, quienes luego de meterle por los ojos a todo el país la figura del mesías político durante media docena de años, a pesar de su historial comprobado de violencia y muerte, se dieron cuenta tardíamente que el “monigote” no era tal y que traía con él gente ajena para hacer su propia fiesta.

Desde los medios oficiales la ofensiva era aún peor. Señal de que la politización y polarización del país era seria e indetenible. Llenando de confrontación todo lo percibido y expulsado por nuestros cuerpos. 

En el seno de la fuerza armada el veneno había corrido lentamente durante años, el sistema entero ya estaba gangrenado, dejando ver una cara nunca antes vista por la generación contemporánea.

Tan solo padres y abuelos sentirían el temor de la primera mitad del siglo XX y experimentaron el remordimiento de no haber orientado u opinado cuando se debía, quizás, porque el recuerdo lejano no se veía tan nítido como se apreciaba la nueva imagen falseada de ese momento.

La rabia e indignación de Alcides era la respuesta natural ante tal bombardeo que ponía en peligro su futuro como ser humano del siglo XXI.

 Tanta información sin digerir o procesada de manera mediocre, intencional o aleatoria, entraba en todos los formatos y por los principales sentidos, mientras el gusto se llenaba de amargura, el olfato recibía cada vez más fetidez y el tacto se perdió completamente.

Llegando cansados de una marcha, Alcides y varios amigos se agruparon frente al imponente televisor que ocupaba el living de Arturo, para ver los últimos acontecimientos generados por las continuas manifestaciones y la represión en pleno paro nacional.

Observaban con estupor cómo su nación se había convertido de la noche a la mañana en uno de esos países conflictivos del hemisferio.

Ver al gobierno actuar de esa manera en compañía del ejército les causaba profunda rabia y frustración. La posibilidad de un régimen represivo dictatorial en ciernes era tan real como el apoyo de millones de personas que veía en ese momento la posibilidad de ver sufrir a los ricos e imponérseles.

Alcides se sentía alienado, su condición debía impulsarle a defender al gobierno, pero no era así.

Las expresiones de los jóvenes frente al televisor eran un poema maldito que carecía de cualquier sana metáfora.

Las imágenes en pleno desarrollo que atravesaron los ojos de Alcides y sus amigos les removieron las profundidades del ser: Un guardia nacional embistió a una de las mujeres de la protesta y la estrello contra el pavimento como si tratase de quebrar su cuerpo, tal y como se quiebra una botella en un arranque de ira descontrolada. Una de las miles de gotas que rebasaron el balde.

Se hacía tarde, Alcides, sumamente impresionado, decidió tomar su morral y emprender el camino a casa, a treinta kilómetros de ahí, al otro extremo de la ciudad.


Durante todo el camino, lo contemplado se repetía en su cabeza una y otra vez: un hombre uniformado humillando fríamente a una mujer indefensa. La tristeza, la impotencia e indignación fueron carcomiéndole por dentro.

                                        Continuará...

(c) Edwing Salas
14/11/13
@EdwingSalas 
                  

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