Maldito Civil - Parte 3





Se bajó del bus en el kilometro 4, todavía le quedaban tres kilómetros para llegar a su casa, los cuales, cubriría caminando.  No tenía más dinero para agarrar otro transporte. Mientras iniciaba la ruta contemplaba el paisaje lleno de subdesarrollo y decadencia, se interrogaba a sí mismo por qué le había tocado esa vida.

Un camión militar repleto de soldados se aproximaba y en cuanto pasó junto a él todas las iras se acumularon en su boca, cegando la razón.

 -  ¡Malditos!, ¡Jala Bolas!

Al recuperar su sensatez se vio parado en la orilla de la carretera, mientras, el automotor verde oliva se detenía en la acera de enfrente y cinco soldados bajaban de él. Alcides no corrió, se quedó ahí parado con una sonrisa muy forzada.

El miedo hace que uno se comporte de manera tan extraña que, a veces, exteriormente se demuestra todo lo contrario.

 - ¡Estas detenido! ¡Vamos pa´l camión!

 -¿Por qué?

 -¡Por falta de respeto chico!

 -Pero si eso no era con ustedes, era con un amigo que iba pasando.

-¡Pa’l camión y te sientas en el piso!

Alcides obedeció en silencio, había muy poco que negar. Su mente quedó en blanco al saberse como una pieza de ganado que va resignada al matadero.

 -¡Por jetón! –Pensó-

El transporte militar avanzaba. En el furgón había seis bidones de combustible y 12 soldados entre 18 y 24 años, todos de piel tostada como la suya.

Le rodeaban con mirada de saberse al mando de la situación. El disfrute del castigo se les avizoraba en sus expresiones de intimidante escrutinio hacia el prisionero.

 - Te la das de arrecho maldito civil, bueno ahora vas a saber lo que es bueno

 -Por culpa de ustedes nos tienen trabajando desde las cuatro de la mañana hijos de puta.

 -Te vamos a coger y te vamos a matar.

Alcides tragaba grueso. Su arrebato le había salido caro. Pensó en los desaparecidos de Chile, Cuba, Alemania. Sería una estadística de otro gobierno totalitario que se levantaba. El rostro de su madre llena de dolor le erizaba.

Observando desde su posición hasta el exterior podía intuir por donde se desplazaban. El camión cruzó por la carretera unión de Sierra Maestra. La ventanilla de la cabina se abrió y el conductor uniformado habló.

 -¡González!

-  Mande mi sargento – Respondió González con la típica prestancia de un soldado bien entrenado-

 - Este escuálido no sabe que por nosotros es que tienen gasolina y alimentos y todavía nos llama jala bolas y malditos ¿Qué le sale?

-¡MIERDA! – Gritaron todos al unísono-

El sargento cerró la ventanilla de la cabina y volvió rápidamente a poner la vista en el camino. Alcides bajó la cabeza.

Uno de sus torturadores más fanáticos intentó patearlo, pero fue detenido por un cabo que de inmediato impuso respeto y cordura. La expresión de este demostraba desacuerdo con lo que ocurría.

-Permiso para hablar mi cabo -Se aventuró Alcides mirándole a los ojos en otro arrebato de pánico y calma-

Recordaba perfectamente la jerga y rangos militares debido a sus clases de instrucción premilitar en el liceo y sus intentos fallidos por entrar en la escuela de oficiales de la Guardia Nacional.

-Hable ¿Que tiene que decir?

- Si, ¡Habla! ¿Cuál es tu última voluntad? – Preguntó uno de los soldados soltando una ruidosa carcajada que se contagió en todos los presentes, excepto al cavo-

El camión dobló una esquina e inmediatamente se detuvo frente a una casa. El sargento bajó junto a otros dos uniformados. Alcides no soltó palabra alguna al percatarse de su presencia.

-Entonces ¿Con que somos unos jala bolas? ¿Por qué? Porque no andamos traicionando a la patria como ustedes

Uno de los soldados agarró al prisionero por la parte trasera del cuello de la camisa y lo hizo a un lado mientras otros efectivos rodaban los bidones hasta bajarlos y llevarlos cargados hasta el interior de la casa donde habían llegado.

El sargento fue hasta allí para indicarles a sus subalternos donde irían los recipientes de combustible. Alcides al ver este movimiento se indignó aún más.

- Mi cavo, ustedes saben que esta no es la manera. ¿Por qué hacen esto? – Por fin logró expresar Alcides lo que pasaba por su mente al verse solo con él-

 -Yo solo cumplo órdenes, no puedo hacer nada, mejor cállese y esté tranquilo.

El sargento salió de la casa con un filtro y empezó a repartir agua entre todos los soldados.

El cabo fue a reunirse con el grupo. Alcides aprovechó esos momentos a solas, para reflexionar. Agarró con fuerza su bolso, en cuyo interior llevaba un litro de vinagre, pañuelos, pintura en aerosol negra y una gran pancarta doblada que decía “¡Chavéz! ¡Renuncia ya dictador!”.

Aceptó su destino incierto. El sudor frío brotaba a chorro de sus poros, sus labios se resecaron. El latido de su corazón se sentía profundo. No había mariposas en su estómago, eran ratas.

La tropa miraba y se burlaba del detenido. Pronto avanzaron hacia él, retornaron al camión mientras el sargento regresaba al interior de la casa con el filtro. Luego de unos segundos apareció con su mujer embarazada y se despidió cariñosamente de ella. Se acercó hasta donde estaba Alcides.

 -Bueno, ahora si nos vamos a encargar del pajarito este.

Se montó en el vehículo y lo puso en marcha en cuanto encendió el motor. La calle maltrecha por los huecos se sentía por el vaivén del transporte pesado, mientras seguía el sendero hasta retornar a la autopista principal número 1, para ir en dirección hacia el gran puente.

Quizás sería lanzado desde la pila 21, la parte más alta de la estructura. Pronto ese pensamiento fue descartado por el joven de piel tostada como la de los militares que le custodiaban.

Seguramente le encerrarían y lo presentarían ante los medios como un desestabilizador capturado en plena conspiración contra las fuerzas armadas, quienes desplegaban su labor de socorro a los pobres, mientras el país era víctima de un plan internacional de guerra económica y sicológica.

Miles de formas de tortura, escarnio público y muerte desfilaron por su mente como un catalogo infausto. Cada inhalación de aire se hacía más pronunciada. Nunca debió regresar a esa puta ciudad, o mejor dicho, debió haber salido del país aunque sea por tierra.

El transporte militar se fue orillando despacio a la derecha hasta detenerse. Los latidos de Alcides se aceleraron, ese era el sitio. El sargento bajó y se dirigió a él.

 - ¡Bájate!

Alcides obedeció. Ya afuera, se dio cuenta que estaban al lado de un estadio de softbol. Estaban en plena autopista 1, donde escasos vehículos pasaban, veloces.

 -¡Cinco y no te veo maldito civil! ¡Cinco y no te veo!
Le iban a disparar por la espalda. El recién liberado no quería correr.

-¡CINCO Y NO TE VEO!

Alcides emprendió la carrera esperando escuchar las repetidas percusiones de las ametralladoras. La abundante arena hacía lenta y enredada su locomoción, pero aún así, desarrolló fuerza y velocidad persiguiendo la libertad y el sueño de trabajar, ahorrar dinero, independizarse, comprar una casa, un carro y tener una buena mujer.

Corrió como nunca buscando el norte y al cabo de tres minutos se detuvo y volteó para darse cuenta que sus captores ya se habían marchado.

El sabor a muerte en su boca y toda la entrega de un condenado se convirtió en una rabia tremenda al tener que irse caminando hasta su casa, que ahora se encontraba a nueve kilómetros de distancia. Hubiese preferido la muerte de un inadaptado, a tener que cubrir tal distancia a pié.

Al llegar a su casa observó a su familia y agradeció estar con ellos. Se miró en el espejo de su habitación y por primera vez, vio lo poco que era.

Relató el hecho a su grabadora de voz y guardó las pequeñas cintas magnetofónicas para cuando llegara el momento de tener que plasmar lo ocurrido para la posteridad. Nunca contó lo ocurrido a nadie.

Al cabo de un buen tiempo, encontró las cintas magnetofónicas y se dio cuenta que ese hecho permanecía aún intacto, grabado en su memoria.


Ese episodio cada vez menos grave, visto desde la distancia de los años, salía a flote cada vez que veía a los militares, de la mano con el gobierno, imponiéndose a la fuerza ante los malditos civiles que aún quedaban en el país y que todavía tenían la valentía, el arrojo y la demencia de la dignidad.

                            FIN  
© Edwing Salas
19/11/13
@EdwingSalas



Comentarios