Despiertos

Nunca se sabe cómo se sale del trance de un sueño profundo,  simplemente despertamos. El día entra primero por los oídos, luego se empieza a sentir el cuerpo y todo su peso, más tarde, experimentamos la sensación del aparato respiratorio laborando ininterrumpidamente y, por último, se levantan las persianas de piel de los párpados para que la luz nos de conciencia. Hemos regresado.

La mente empieza a arrojar la información pendiente: recuerdos, retazos de sueños, la agenda de propósitos. Ya estamos de nuevo en el plano real, ese que nos muestra o intenta convencernos de que estamos con vida, tenemos una, mientras, las ausencias se acumulan con el peso del vacío. De un giro, esa certeza de saberse un ser viviente, se convierte en banalidad.

Somos errores y a eso vinimos, a errar, por eso, quizás, nuestra verdadera obra sea un mural de imperfecciones éticas, físicas, psicológicas, perceptivas y egocéntricas, en mayor o menor medida, de acuerdo a la valentía o cobardía de nuestras configuraciones genéticas.

 La naturaleza es precisa, pragmática, hermosa y sobre todo, cruel, entonces, existen dos clases de suicidas: los que toman el “indigno” atajo y los que siguen la senda llamada vida, la cual, lleva al mismo destino. Avanzas, autodestruyéndote a cuenta gotas, no de un solo golpe, cómo los primeros. 

Tocas el piso helado con pies desnudos. La jornada está a punto de comenzar. Afuera todos pretenden felicidad, un estado que puede ilustrarse con una bengala u estrella fugaz. Sin duda existe, los consumidores de crack la conocen y saben lo efímera que es.

Ciertamente, los que deben considerarse afortunados son quienes han experimentado el “aquí y ahora”, han penetrado por las diminutas e indetectables puertas de ese estado temporal, cuyas vastas salidas someten al pasado y al futuro a rangos de menor jerarquía, cuyas existencias son de dudosa fidelidad.

La culpa, el arrepentimiento, la añoranza, son costras sangrantes que arden al sol. La ausencia es una enfermedad carnes adentro que consume como ácido clorhídrico. Agua oxigenada, agua bendita o agua de pupilas dan lo mismo. Corren como río desbordado toda la mañana al percatarse del silencio aturdidor, no hay pabilo, hojas de plátano ni las entrañas de alcaparra, pulpa de cerdo y aceitunas.

Limpias, haces que el reproductor de audio realice un tributo musical. La escoba es protagonista mientras baila con el polvo. Luego el coleto entra en acción para secar ese torrente de agua salada que en algún momento se desbordó esa misma mañana.

Hay polvo y cenizas, pero quizás seamos partículas más diminutas. El problema no es la ortografía, sino la sintaxis de nuestras presencias en este plano. Se ha perdido el sentido, o quizás nunca lo hubo. Después de escuchar esas piezas musicales e iniciar el drenaje, solo podemos concluir que los fantasmas somos y hemos sido nosotros. 
  
© Edwing Salas

@EdwingSalas


25/12/13 

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