Ilusionista


Después de hurgarse frente al espejo su mirada le transmitió la verdad.

No escrutaba nada en su anatomía física, solo quería examinar más allá. Traspasar el fenómeno de refracción de la luz, introducirse en su reflejo y ejecutar la mesura definitiva del camino recorrido.

¿Cuánto de eso había en lo que hoy veía sobre el cristal pulido?
Cuanta intransigencia, cuanta postergación, cuanto miedo. Cuantas balas de salva y cuantos puentes volando en forma de ceniza.

Creencias, dogmas a futuro que habían aniquilado tanta fuerza natural, pura y llena de caballos salvajes, descogotándose pendiente abajo, pero con zancadas siempre imperturbables hacia adelante.

-         - ¿Crees en el destino?

-       -   Claro, por supuesto, el destino es la muerte. Es la ineludible meta.          –Respondió sonriente y convencido-

Su respuesta sincera y sencilla horrorizó, no era new age, desafinaba con la ocasión social, era demasiado biológica y pragmática para alcanzar el vuelo de los sueños y planes de papel que el resto de sus interlocutores arrojaba al aire.

El sosiego es lo que uno termina eligiendo luego de años de minimización. La verdad es más dura de lo que somos capaces de reconocer. La realidad no es lo que bota el espejo, sino lo que simboliza en las pupilas.

Buscaba la verdadera vocación, luego de errar pidiéndole a Dios el adelanto del infarto que le tenía reservado para cuando llegara a los sesenta años. Deshacerse de la existencia propia era algo muy ruidoso y cliché. Aunque se trataba del verdadero asunto filosófico, según Camus, ya no tenía caso aferrarse a ese axioma.

El público y los extras de ese espectáculo tampoco descifraban lo evidente. Estaban demasiado impresionados con las imponentes imágenes de vitalidad, inteligencia, talento extremo y profundidad del carácter. Espejismos.

-          -No te preocupes, tendrás un gran futuro, estas destinado a ello

Sabía que no era un gran aporte a la humanidad, pero las respuestas emitidas por los receptores le demostraban contradicción y lástima.

-          -No hay brazas ni purgatorios, ni vaticanos, ni edenes, ni amor, ni sacrificio. Ni Freud con sus vicios

Aún así, cada frase encerraba la magia de la oscuridad y la incomprensión, era un inconformismo lacerante. Antes de que las cosas empeoraran procuraba guardar en el sombrero las criaturas monstruosas que se apuraban por salir.

Ni ingenuos dioses cabalgando en sus cruces. La silla eléctrica de sus tiempos. Del amor al sexo, del sexo al amor, pero nunca amor nueve meses y después autoflagelación.

Se hallaba en ese laberinto/ encrucijada para el valor: Darwin, el diablo y Dios. Alguno será mito, y otros, superstición. Como este tiempo va pasando, las arrugas se aferran al cristal reflector a pesar de su longevidad. La naturaleza es insegura, al igual que sus omnipotentes dioses, no puede haber otra explicación.

Todas nuestras virtudes y defectos, con ronquidos y mal olor, respiran bajo un alma divina, por la matemática de nuestra pasión.

Por fin, descubrió de qué iba todo. Cronos se mostro desnudo, dejando ver horas, minutos, segundos, milésimas; ahí lo comprendió. Buscaba su verdadero talento ¿Cuál era su don en este mundo?

Recapituló en todos sus años y ahí vio la luz, la conclusión: siempre había sido Ilusionista.

Era ilusionista: al principio creaba la ilusión de ser un individuo agudo, astuto, noble, inteligente, amable, sensual, trabajador y talentoso. Posteriormente la gente se daba cuenta que todo era ficticio, un truco. Nada era real.

© Edwing Salas

01/05/14


@EdwingSalas 

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