El Mal@Bar


La música emite sus compases calientes y un moreno vientre descubierto se ondula en todas direcciones. Un espiral de piel sudada en movimiento, con caderas circundando la hebilla del compañero de baile.

Pantalón blanco, ceñido, que deja ver el diminuto hilo dental. Un movimiento menudo. Largos cabellos oscuros, frente sudada y labios húmedos. Ritmo llevado peculiarmente, por un impedimento.

No siempre fue así, la vaina no viene de nacimiento. Fue por culpa de un accidente de tránsito que casi le cuesta la pierna. Si no hubiese sido por su antiguo marido, quien se la llevó a Estados Unidos para operarla, hoy no estaría en la pista derrochando deseo y curiosidad.

El muchacho que baila con ella, lo hace de manera discreta. Solo es uno de los esbirros de Fix, el novio de Lisia. Él los ve bailar desde la mesa donde está sentado. No le gusta mucho el baile, pero para divertir a su mujer, que adora hacerlo, prefiere disfrutar contemplando como ella menea sus caderas y luego hacerle el amor fogosamente.

 - ¡¿ Quién es esa?!

Preguntó excitado el Gato, el jefe de la mafia de los autos. Un sujeto duro, su aspecto era como el de un skinhead, con un ojo amarillo y otro verde claro; totalmente calvo y con barba estilo candado.

El gato era divertido cuando andaba de parranda, relativamente buena persona, si se toma en cuenta el tipo de trabajo que tenía, pero sufre el típico defecto de los de su clase; cuando de mujeres se trata, y si hay alcohol de por medio, no hay nada que lo detenga.

 - Esa es la novia de Fix - Respondió Sann, uno de sus hombres de confianza-

 El Gato miró más allá de la pista y vio a Fix, sentado con una copa en la mano, disfrutando del baile de su mujer, a su lado otro esbirro; el enano superpeligroso, que se servía el líquido transparente de la gran botella que estaba en la mesa.

La banda de Fix era conocida por desvalijar, vender y comprar partes de autos robados. Era una especie de empresario que formaba parte del mismo mercado del Gato. Se conocían, hacían negocios juntos, lo típico de ese gremio, nada más ni nada menos.

El Gato, con dos días seguidos de bebidas y orgías a cuestas, empezó a dirigirle miradas insinuantes a Lisia, que no paraba de bailar. Pieza tras otra, mientras más la miraban, más se ayudaba de su defecto para marcar un ritmo único y enloquecedor.
Ella respondía también con risas y miradas provocativas. Ya la conexión estaba hecha, solo faltaba tiempo para que El Mal@Bar se convirtiera en un circo de plomo que le da mucho que hacer a la ley y los forenses todas las noches.

Lisia tomó una pausa para sentarse con su hombre. Él la recibe con un beso de lengua, ella sonríe complacida, toda empapada por el sudor. La copa que esperaba es vaciada de un solo sorbo. Tenía sed, y ese fuerte miche se perdió en su boca. Fix le sirve un nuevo trago y ella se lo empina de nuevo, dirigiéndole una caliente mirada al Gato en la mesa de enfrente. Él no la ha perdido de vista, con emoción le comenta a sus guardas:

 - ¡Ya está lista! ¡Ya es mía! Esa maldita coja me gusta mucho, la voy a dejar alineada y balanceada cuando la agarre.

 Sann y el otro acompañante del Gato se miraron, rieron y luego con curiosidad y preocupación, le preguntaron por el novio.

 - ¡Al diablo! ¡No me importa! ¡Esa maldita coja es mía esta noche!

 - ¿Has tirado alguna vez con una coja?, por ahí dicen que esta es un diablo en la cama, que por eso es que Fix últimamente anda todo tranquilo. - Dijo Sann-

- Sí, debe ser, mira como baila, es una Verduga... bueno, una vez me acosté con una inválida. Primero me hizo felación desde su silla ¡Eso fue el cielo en el ala de una mariposa! Luego la bajé y lo hicimos en el piso para mejor estabilidad y empuje, la verdad no pensé que fuera tan genial. En otra ocasión, una maldita tuerta se introdujo mi glande en su orificio ocular, esto fue genial, no sé si era por el ácido que me había metido, pero lo cierto es que no me dio asco... además me dio suerte, porque esa misma semana salí vivo del volcamiento ¿Te acuerdas?

 Las risas estallaron en la mesa del Gato, con sus anécdotas sexuales.

Lisia se levantó a bailar de nuevo, poniendo a todo el local a la expectativa, tal como sucedía siempre que ella cojeaba hacia la pista de baile. Esta vez la pareja era el mismo Fix.

Los de la mesa de enfrente, todavía con la risa en sus labios, miraron con atención, la coja otra vez se transformó en una licuadora, moviéndose con gracia y singularidad. Esto hizo que el alcohol y la libido se le subieran a la cabeza al Gato, nublándola por completo.

- ¡Dale maldita coja! ¡Vamos! ¡Arriba!

Los gritos se opacaban con la música, la pareja bailaba tranquilamente, los hombres del Gato trataban de calmarlo, pero este no estaba colaborando. Por fin, logró calmarse y apuró su trago. Para empeorar, ella lo provocaba, con miradas sugestivas. El felino reía con ella. Señas iban y venían.

- La voy a sacar a bailar...

Los guardas se alarmaron al escuchar esta sentencia; su jefe estaba demasiado excitado y bajo la influencia. Las parejas bailaban, la música salía atronadora por los parlantes, el alcohol y el cigarro impregnaban el ambiente; la noche seguía su lógico desenvolvimiento, había humedad y calor en las temperaturas corporales de todos los presentes en El Mal@Bar.

 Los gritos del Gato eran cada vez más fuertes. Alrededor, la gente reía al oír las ocurrencias del calvo; sus acompañantes estaban preocupados y se preparaban para lo aparentemente inevitable.

En la mesa de los bailantes, los otros dos guardas ya estaban notando la situación. El Gato se levanta y empieza a bailar aupando a la pareja, en ese momento, una chica pasa y el gato la toma de un brazo repentinamente y se la lleva al medio de la pista.

La música de Añez y Cufiño con su Arepa de Cazón hacían estremecer a la multitud que bailaba frenéticamente. Las parejas en la pista se movían jadeantes. Lisia y el Gato intercambiaban miradas, señas, sonrisas: el felino estaba confiado, sus cinturas se atraían mutuamente, aunque todavía estaban a distancia. El calvo bailaba con maestría, robándose el show como siempre.

Fix estaba tranquilo, aunque su mirada era un torrente a punto de desbordar su cauce; le dijo algo a Lisia, ella rió y siguió la faena. En un estallido, su pareja la toma de la mano con fuerza tratando de llevársela a la fuerza de la pista.

- Deja bailar a la dama, no ves que le gusta -Chistó el Gato con gracia-

- ¡Eso no es de tu incumbencia! ¡Ella viene conmigo y punto! -Gruñó Fix-

Los dos hombres se miraron fijamente, emitiendo agresividad por sus pupilas; el Gato estiro sus labios hasta mostrar una sonrisa, que acompañaría con un levantamiento de cejas. A Fix no le hizo ninguna gracia.

La música seguía, ellos estaban en la pista, la gente a su alrededor bailaba, pero también seguía con detalle lo que ocurría. Lisia, por fin, resolvió bailar sola, desafiando aún más a su novio. El calvo estiró mucho más su sonrisa, poniendo cara de ironía.

- Ahh, con que quieren bailar...

Fueron palabras de Fix antes de retirarse y desaparecer entre la multitud, la nube de humo y la oscuridad del lugar. Lisia, el felino y quienes seguían los hechos en la pista estaban a la expectativa. La coja bailarina estaba asustada, le dijo al calvo que se fuera, los guardaespaldas de este se acercaron con las manos sobres sus respectivas fundas. El furioso novio no estaba en su mesa, pero sus esbirros también se lanzaron a la pista, desafiantes.

Los bailadores que se percataron de la situación huyeron despavoridos ante un eventual enfrentamiento. El local se volvió un gallinero y oleadas de gente, muchos de ellos sin saber lo que pasaba, pero que se movían por inercia, empezaron a correr, tumbando todo; botellas y copas fueron a parar al piso.

Los empujones de la turba derribaban a los menos enterados, exponiendo sus caras contra las esquirlas, que se clavaban en los rostros desesperados y a punto de asfixiarse. Algunos tenían sus pistolas en mano, incluso, los de la pista, pero nadie disparaba, el brillo de los cañones niquelados formaban una suerte de mirror ball de la destrucción.

Afuera, la muchedumbre brotaba de la puerta como si El Mal@Bar los vomitara. La policía llegó con sus luces y música de sirenas, las ambulancias llegaron oliendo el rastro de la tragedia, pero nadie había agredido deliberadamente a nadie.

 Los aplastados habían sido víctimas de una histeria colectiva, producto del conocimiento del ambiente hostil imperante en el local cada noche. Fix había desaparecido y su desvanecimiento era lo que había provocado tanto revuelo: ¿Habría ido a buscar combustible para incendiar el lugar? ¿O una ametralladora para matar a su mujer y el tipo que la estaba sonsacando?”

Nadie quería el sabor plomizo de una bala pérdida, sin embargo, no dejaban de frecuentar el lugar, sabiendo lo inseguro que era. Todas las noches iban a divertirse, a riesgo de no volver a sus casas.

En el sitio, los chismes se derramaban como un torrente que adquiría más fuerza, con la torcida percepción de cada quien:

-¿Escuchaste el disparo?

- Eran unos que se dieron puñaladas en la pista de baile

- Y también hay una tipa que salió herida, anda coja

- Me siento mal...creo que voy a… ¡Bluuuuaaacccckkkkgggg!

 A diez cuadras de donde había sucedido todo, en un elegante restaurant, un hombre tomaba un trago en silencio, levantando la copa a la salud de una hermosa y virginal jovencita nipona, que lo miraba sonriente, a escondidas, para que sus padres y el prometido no se dieran cuenta de su coqueteo con el misterioso individuo con aspecto de mal viviente.

El solitario bebedor parecía haber cazado una presa, sonreía con malicia. En su mente, a veces veía la imagen de una coja bailando sensualmente, un rubio calvo, tratando de seducirla.
Junto a ella surgían unas interrogantes y sus respuestas:     ¿Qué habría sido de ellos y de sus esbirros? “De seguro estarán celebrando, burlándose de mí por haber dejado el lugar sin luchar ¿Para qué pelear por algo siempre perdido? esta noche es para pescar casualidades de seda”.

 Tranquilos pétalos de inocencia e ingenuidad; esa que se siente atraída por lo malo y dañino. “Mañana veré que hago con aquellos...hoy es día de lucir la brillante malicia ante la siempre atractiva y sedienta virginidad.

En un oscuro callejón, el Gato, Lisia, los esbirros del felino, más los de ella, se esconden y tratan de huir de la policía, que busca a los causantes del alboroto del Mala@Bar.

 Era injusto, ellos no habían causado nada, todo fue producto del temor y la paranoia de los asistentes, pero ¿Quién le creería a gente con prontuarios judiciales tan prominentes?

 Otro mal rato, otra anécdota que contar, para todos los involucrados en estos sucesos solo se trataba de una noche más , tan igual como las anteriores, llena de la peligrosa rutina de aquellos que temiéndole a una vida recta, solo se ocupan en buscar una salida de plomo.

FIN
© Edwing Salas

 Todos los Derechos Reservados, Mayo 2004

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