¡Hablemos de otra cosa!



Sé que nunca fuimos una verdadera nación y por eso ahora somos pura resignación 


“¡Ya! nos tienes cansados ¡Habla de otra cosa por dios! ¡Vas a parar a loco!”

“Ya lo estoy” – Les respondo-

Efectivamente, no niego el nivel al que ha llegado mi demencia. Estoy tan permeado de realidad que me la paso empapado de pena y hastío. Cuánto pesa esta nacionalidad, de cuanto sin futuro está llena la partida de nacimiento y el número presidiario del documento de identidad.  

Cada vez que expreso que nos están aplicando ingeniería social con sello del comunismo cubano, soviético y norcoreano, todos los vivos criollos que escuchan esto en locales y centros comerciales, farmacias y las omnipresentes, alegres y resignadas colas, me miran como un paranoico sin récipe que se ha saltado el muro que separa la demencia del hospital siquiátrico de una realidad, ciertamente dura, pero “no tan exagerada como él la ve”.

Mis parientes cercanos cada vez que intuyen alguna cita de la historia universal, acerca de países que han sufrido lo mismo, me conminan a que hable del clima, del mundial o cualquier otra cosa que no nos haga merecer las miradas inquisidoras de quienes disfrutan las colas, o de los uniformados que se pasean alrededor de ellas, como la manada de leones que se desplazan muy cerca de los siervos, en el mismo bebedero de agua en donde todos se hidratan. 

Soy la vergüenza, siempre les hago pasar bochornos: “Ajá ¿y qué vamos a hacer?” “tenemos que acostumbrarnos” “es mejor vivir así, a que te maten por estar hablando” “tranquilo no te des mala vida, que esos caen pronto”. O cómo me dijo un señor, hace poco más de una semana, mientras hacíamos una compleja y maratónica cola para retirar el pasaporte: “Mijo ¿Qué vais a hacer? Estáis en Venezuela, así que acostúmbrate”.

Durante esa jornada de retiro de un simple documento, que en promedio podría tardar, a lo sumo, 25 minutos, o una hora, en circunstancias normales, se convirtió en un calvario de cuatro horas, en donde presencié como la sociedad, infectada con el virus de la sobrevivencia, se come a sí misma, con una mezcla de pasivo-agresividad y regocijo que hela la sangre.

Puedes notar los ojos vivos del venezolano promedio, acólito de la tiranía u opositor, sus dientes expuestos en sonrisa plena, complacida y sin vergüenza alguna ¿Mecanismo de defensa quizás?

El mismo comportamiento, pero con saña exagerada, lo observé en el periodo cuando estuve viviendo en Los Valles del Tuy, específicamente en la población de Santa Teresa, donde el ferrocarril era el escenario de estampidas, combates, tiroteos, insultos y la risa, esa risa que demuestra ¿ El buen humor del venezolano? ¿Su gracia y buena cara ante tiempos difíciles?

Esa sonrisa, la misma de una turba enloquecida que después de llevarse por delante a una mujer embarazada y su hija de tres años , aplastarlos y dejarlos gritando y sollozando en el suelo, se mostraban satisfechos en sus asientos, obtenidos con tal conducta y crueldad, que harían palidecer a una manada de mandriles en celo.

¿Mecanismo de defensa nuevamente? Lo ignoro y sí, me perturba mucho. Si yo soy el loquito ¿Significa entonces que ellos son los normales?

Quién esto escribe también ha sido vivo criollo, se ha tenido que colar y, últimamente ha sido grosero con señores y señoras mayores, tipos con apariencia de que barrerán el piso con su ser, adolescentes que quizás vendrán por él en unos días, con pistola en mano, para vaciarle todo el “cocosette”. No hago cola por comida, me parece una vil humillación, agradezco al cielo no tener esa necesidad o fijación, pero como todo mortal que padece una tiranía del tercer mundo, debo hacer las colas hasta para los trámites más triviales y ahí es donde uno se da cuenta del nivel del mar de excretas que nos cubre.

Cargo una mochila de errores del tamaño de la bolsa navideña de Santa Claus, pero no soy un presuntuoso moral ¿Cómo se presume de algo que no existe? Está vetado y creo, hasta donde me indican los hechos, prohibido en la constitución.


< Lo que realmente es> 

Misantropía, así se llama lo que siento por el resto de mis congéneres y por este territorio. Una palabra extraña para ellos, no muy fácil de descifrar. Supongo no está nada bien que yo la sepa y tenga conciencia que la experimento, pero el resto de mis próximos también la padecen, la respiran y hasta la disfrutan. La estrellan como botella en las cabezas de sus vecinos. Es una inercia peligrosamente contagiosa, aunque ellos no sepan de qué se trata.

“Disfruta la vida, es una sola, relájate” –Bota la lata de refresco por la ventanilla del autobús-

Los niños de la generación que ya se levantan, perciben todo y están condenados a repetir ese alegre desparpajo de la anticiudadanía, predicado por la acción de sus antecesores.



< Baja autoestima >

El régimen no es culpable de todo. La baja autoestima comenzó cuando el venezolano de clase pobre, pero con aspiraciones y ganas de superación, se dio cuenta que era prácticamente imposible llegar a la clase media, o a ser millonarios con el fruto de su trabajo, preparación y emprendimiento.

Se suponía que la democracia era el sistema para ello, por eso, la aborrecieron al ver que sabia al mismo zinc oxidado y a los mismos hombres de buenas maneras en la mesa, que tenían o les habían robado todo, según la creencia. Aquellos que dirigían la mirada hacia ellos, solo para buscar los votos de cada domingo quinquenal.

 Por eso, llenos de ira, esperanza e ilusión, se arrojaron de bruces hacia el precipicio de un régimen totalitario que ampliaba su carencia de libertades, pero que les despojó de la vergüenza de su condición, les brindó la alegría de hacer lo que les diera la gana, siempre y cuando no fueran descubiertos infraganti, o, peor aún, que no tuvieran dinero para mojarle la mano a la “autoridad” que los atrapase.

El sistema AD/Copei “mejorado” y adaptado al nihilismo del venezolano del siglo XXI, que ahora es el arquetipo del pirata sin escrúpulos de hace quinientos años, aterrorizando y asolando su propia tierra y, de paso, las maldijo de manera tan sabrosa, con tantas ganas, que hoy seguimos con el karma. ¿Qué pirata o piratas habrían sido esos?  

< El capitalismo da para todo, incluso para implantar el comunismo >

Cada vez se deja ver el grueso del hilo desde el cual nos manejan. Un plan que tardó casi 50 años, pero por fin se logró. Cuba solo esperó a que los gobiernos democráticos acumularan errores y con la misma filosofía y técnica del Aikido, los neutralizó hasta desaparecerlos, usando el mismo poder con que se impulsaban. La paciencia y la maldad de los comunistas es mundialmente conocida y atemorizante.

Ahora, con la misma propensión natural del capitalismo, de devorase a sí mismo, han logrado conquistar todo un continente sin hacer un solo disparo, a fuerza de billete, sin que a los norteamericanos parezca afectarles. El socialismo es una utopía, el mercado, un negocio.

< Vivir es morir >

Viene a mi mente la confesión de un compañero de residencia, durante el periodo en que viví en caracas en 2002: “Siempre fui una porquería, asaltaba, fumaba piedra y no me importaba nada, hasta que casi me matan y cambié. Tuve mis hijos y los chamos, gracias a dios, son calidad. Son buenos estudiantes y quieren superarse. Por eso fue que me llegaron los azotes del Guarataro. Me dijeron que si mis chamos se creían mejor que ellos, porque como eran sanos y les gustaba estudiar y no andaban con ellos, eso les molestaba y por eso iban a pagar. Tuve que sacarlos de ahí esa misma tarde, junto con mi mujer. Todos los días me parto el culo, pa’ que esos chamos puedan tener una vida mejor.”

En este momento me pregunto si ese pana pudo llevar a cabo su objetivo, o si el país se le presentó con una amenaza, tal como lo hicieron en su momento los maleantes de su barrio. Es difícil saberlo. Mejor hablemos de otra cosa.

10/07/14


© Edwing Salas 

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