La fiesta en el súper ...


Al bajarse la última compuerta, cerrarse el último candado, encajar el último cerrojo y encender el sistema de alarmas, se apagan las luces. Los habitantes de la comunidad más recalcitrante que ciudad alguna pueda albergar salen de sus contenedores, sus orificios, sus árboles y pasan del basurero trasero del supermercado a sus corredores principales. Son las diez de la noche. La jornada de fiesta alimenticia comienza.

Se han ido los gigantescos y amenazadores humanos. Ahora las ratas son las dueñas del lugar. Inician su bacanal entre las envolturas de papel sintético de los anaqueles, las impenetrables latas y los frágiles mantos de envoplast que cubren los embutidos del moho y la humedad, pero no de unos dientes diseñados para roer y cortar con suma precisión y frialdad.

Mientras la vida del animal superior del planeta transcurre entre economías depredadoras, guerras santas y plastificación de los sentimientos. Afilados dientes roen cemento, hierro, madera, plástico, poliestireno.

Rasgan sin parar día y noche, tratando de entrar en sus casas, en sus comercios, en sus cuarteles, en sus palacios de gobierno y recintos asamblearios. Hay que encontrar agua, alimentos y sobre todo, un nido donde traer las crías que seguirán devorando el mundo de forma subrepticia y desesperada.

Los pasillos del supermercado se convierten en transitadas avenidas de una gran ciudad con rascacielos divididos por departamentos. Antes, era una metrópolis pujante de marcas y productos, pero ahora, muchos ya no están.

Los transeúntes de la noche, quizás notan algo raro, pero para ellos y su indescriptible capacidad de sobrevivir y adaptarse, la falta de leche, harina, aceite y otros rubros para el sustento y la sobrevivencia de los asquerosos humanos les tienen sin cuidado. Para ellas, aún todo es pletórico, abundante.  

Unas buscan despacio e instintivamente. Otras cruzan de un lado a otro, llevadas por el hambre, la premura y la astucia. Los fantasmas no existen, solo estos seres que una vez casi acaban con Europa entre 1348 y 1350. En aquél entonces, el humano, aunque cruel, era frágil y aún tenía temor de dios.

Los chillidos frenéticos delatan la actividad de estas criaturas cada vez más grandes y amenazadoras. Mientras más grande es el roedor, más sucia tiene el alma la ciudad, el país, el continente.

Ese sonido agudo que producen obedece a que se pelean por un botín de maní o jamón de pavo, por una porción de pan o el queso pasteurizado. Otras, solo emiten el gemido de placer mientras fornican sobre la caja registradora. Algunas ratas kinky les gusta aparearse sobre las carnes congeladas o sobre las acelgas. No hay sitio, ni instinto que las detenga.

Sus excretas son la única señal que delata su presencia. Están sobre el tocino, los refrescos, los perfumes, los desinfectantes, los cables de alta tensión, las bombillas. Son omnipresentes y casi siempre pasan desapercibidas ante las personas que alimentan su morbo en las colas y respiran el imperceptible olor de un desecho orgánico con el tamaño y la descripción de una pequeña semilla negra, de aproximadamente, medio centímetro.

Hasta un roedor de campo se daría cuenta de lo inútil que resulta aglomerarse y perder, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis horas en una fila para obtener solo miserias, violencia, enemigos y una autoestima cada vez más baja.

Las ratas solo deben esperar a que se haga de noche. Para ellas no existen tiempo de espera, ni productos regulados, ni capta huellas, solo entran y ya.

Durante el día, no hay chillidos de roedores, pero si el clamor y los gritos de mujeres que se matan a puño limpio en esas colas en la entrada del local. Hay desespero, traslado de un pasillo a otro en búsqueda del rubro deseado que ha activado las alarmas del instinto de supervivencia, porque ya no existe, está regulado y quizás en Colombia valga buen dinero.

Es muy probable que antes, ni siquiera tomaran en cuenta ese producto tan codiciado. Se daba por sentado para siempre su existencia infinita y su función permanente como parte del bloque de la cotidianidad, eso que cada vez luce más distorsionado e imposible.  

Los animales en dos patas no pueden roer poliestireno, ni madera, ni hierro, no tienen dientes para eso, pero igual se las arreglan para rasgar las migajas de su presupuesto familiar.

El robo que desmigajó una moneda fantasiosa, impuesto para empobrecer y controlar voluntades por alimañas más recalcitrantes que los roedores,  ha carcomido las almas, les ha abierto un hueco en la inteligencia, donde iba el sentido común. Esos espacios vacíos ahora son madriguera de ratas, sapos, serpientes, alacranes, topos, sanguijuelas y vampiros.

El humano tropical que habita en el norte de la América del sur es un santuario de animales plaga que habitan en el fondo de su ser.   

Sus horas de vida se van en búsqueda de recursos, refugio, un orificio por donde entrar a la bacanal de quienes mandan. Una ranura por donde mirar el espectáculo del enriquecimiento, el despilfarro. El sexo sobre cadáveres abaleados, la risa sobre el llanto de niños sin futuro, el descaro que da la tradición y la herencia bárbara.

Son las cuatro de la mañana. Empiezan a salir de sus agujeros las personas que inician la espera en la entrada del supermercado. 

Estoicismo es un concepto que no entienden las ratas de alcantarilla. Ellas buscarán salir del laberinto. Grabarán el camino recorrido una y otra vez hasta encontrar la salida correcta.

Esperarán en la oscuridad de los basureros, brincarán a las espaldas de los hombres del aseo urbano, mientras estos voltean sus casas/silos para llevarse su sustento diario.Es una guerra no declarada, asimétrica, instintiva y fundamentalista. La similitud entre las especies es cada vez mayor.

Toda alimaña que se arrastra por el piso lo sabe, en especial, aquellos que se empeñan a permanecer con sus dos rodillas sobre la tierra. 

© Edwing Salas
22/10/14
Ilustración:

© Edwing Salas

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