Invitaciones y ofrecimientos

   

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"Tengo una casa en la playa, en Villa Marina. Yo se la había ofrecído a tu mamá y a tu papá, para que fueran un fin de semana, o un feriado, lo que tenían era que avisarme una semana antes, para verificar que no estuviera ocupada o desordenada." 
                      
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Trina, la mamá de Vicente, nunca pudo ir. 

Ahora que no está y el tiempo les obliga a no consumirse en su ausencia, ellos, sus hijos, los nietos, su esposo, decidieron que, quizás, la familia debía hacer un viaje para trasladar el recuerdo de ella hasta los parajes de la costa falconiana, donde seguramente la imaginarían sonriendo hiperbólicamente, bailando las guarachas tropicales y cocinando exquisitos manjares recién sacados del manto acuático.

Entonces, tomando las palabras del señor Sammy, el amigo de la familia que formaba parte del selecto grupo de individuos del ocaso, que se reunía religiosamente en su casa a jugar dominó desde hacía incontables años y quién les había ofrecido la casa de playa en una, dos, varias ocasiones, sin que el viaje pudiera concretarse estando ella en este plano; le notificaron al regordete señor que por fin habían decidido ir. Les urgía cambiar de aires la añoranza crónica.

-   Llámame en una semana y te aviso.

Eso le notificó el señor Sammy a Vicente, a través del móvil, luego que este lo llamó para preguntarle por las posibilidades de ir a la casa de la playa durante el puente feriado que se aproximaba.

La entonación de voz con la que respondió el dueño de la propiedad fue muy distinta a la que acompañaba el ofrecimiento de la casa en medio de la fraternidad etílica de los días de visita habitual. 

Vicente estaba muy animado con la idea de que sus sobrinas pequeñas pudieran ver el mar y disfrutar de él por primera vez. Recordó cuando en su niñez él adoraba la playa, luego,  en la adolescencia y ahora, en la adultez, el sombrío clima montañoso era su predilección.

Transcurrieron ocho días y en la fecha pautada para obtener la respuesta, Vicente llamó al señor Sammy. Este le notificó lo siguiente:

-   No puedo prestarte la casa, es de mi mujer y ella es muy delicada con eso, además, está ocupada, unos sobrinos se están quedando y no sé cuándo se van.

Vicente agradeció de forma parsimoniosa y ofreció disculpas por el atrevimiento de proponerle usar la casa de la playa. Él no tenía mucha confianza con el señor, eran sus padres. Su mamá ya no estaba y su padre no se metía en esas cosas. La idea realmente fue de él y sus hermanos. No se pudo. Ya fue.

El pensamiento que en los días subsiguientes angustió a Vicente era una simple reflexión: Que capacidad tienen algunas personas de hacer ofrecimientos de la boca para afuera, pero que se esfuman en el momento cuando accedes a los mismos. Es algo así como, una irresponsable manera de ser ostentosos con los demás. Una falsa solidaridad, echonería, boconería, charlatanería.

Por esos días, también le ocurrió que un amigo que había logrado huir a su Colombia natal, le invitaba insistentemente a que emigrara. Él mismo se ocuparía en ofrecerle asilo y ayuda hasta que se estabilizara y pudiera independizarse.

Todo su círculo amistoso se había esfumado, como buenos clases medias, habían huido, no les fue fácil, les dolió muchísimo. Irte de tu tierra nunca es algo fácil, pero ciertamente, tenían una posibilidad que muchos otros añoraban.

Los que se quedaban porque no tenían dichas posibilidades,  sentían una puñalada en el estómago cuando veían a un experto en televisión opinando que se estaban yendo los mejores cerebros del país.

En las redes sociales también se pueden encontrar declaraciones de gente diciendo que, quienes se quedaban, era porque constituían una parvada de conformistas, masoquistas o lame botas del régimen.

Para ninguna de las dos caras de la moneda es, o ha sido fácil.

Bogotá, buen clima, ciudad pujante y logras con tu trabajo lo que no logras en un país bajo una tiranía.

Vicente, de forma desesperada, buscó pesos para irse con alguito en el bolsillo. No tenía tarjeta de crédito, por lo tanto, obtener divisas para viajar se le hacía imposible. Tuvo que recurrir a las transacciones negras. Pero el peso también le era difícil de encontrar.

Su tía pudo prestarle 30 mil bolívares con la promesa de que él debía devolvérselos en pesos o dólares, una vez se hubiere establecido en la hermana república. 

Antes, la historia era diferente. Del país vecino, cantidades ingentes de inmigrantes llegaban en busca de una vida tranquila y un futuro mejor. Treinta años después, la historia se desarrolla de manera inversa. 

La devaluación era inminente. La escasez y la ira provocada por un sistema que mutila las libertades más esenciales de un ser humano, pusieron a pelear a hermano contra hermano a la puerta de los supermercados y tiendas de alimentos, tan solo por migajas.

Las escenas vistas en las redes sociales -porque ya en la TV no se podían airear ese tipo de asuntos- le provocaban una urgencia tal, que decidió irse así, sin esperar ni planear más nada. Debía escapar cuanto antes.  En Cúcuta cambiaria los inservibles bolívares por unos cuantos pesos.

Cuando Vicente le comunicó la presurosa decisión a su amigo vía Skype, este le dijo:

-   Men, no sé si puedo ayudarte, vienen unos amigos a quedarse y ellos si traen suficientes pesos, además aquí las cosas no son tan fáciles ¿Qué pasa si no logras encontrar trabajo? No podré tenerte por mucho tiempo.

Vicente agradeció de forma parsimoniosa y ofreció disculpas a su amigo por el atrevimiento de hacer caso a sus insistentes invitaciones a salvarle la vida de forma “desinteresada”.

Vicente recordó de nuevo al señor Sammy y su descripción de la casa en Villa Marina. Se imaginó con los suyos disfrutando del viento del crepúsculo acariciando sus rostros, las gaviotas zambulléndose en mar, para salir segundos más tarde, con peces el el pico. Sus sobrinas chapoteando en las olas, felices.  

Que capacidad tienen algunas personas de hacer ofrecimientos de la boca para afuera, pero que se esfuman en el momento cuando decides entrar en acción, tomando sus palabras en serio.

Irresponsable manera de ser ostentosos con los demás. Una falsa solidaridad. Echonería. Boconería. Charlatanería. Venezolanidad.

© Edwing Salas

01/11/14 

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