Exhibido- Prohibido.


La irrupción que corta como tijera una tela negra de insomnio, que se va mimetizando con el sosiego de una larga siesta de preparación, para bacanales que traspasan la hora nona.
Dos direcciones diametralmente opuestas se cruzan en algún punto. He aquí un agujero de gusanos…y gemas
Poder de difícil determinación, aquella sombra que envuelve con el peso de mil lingotes de plomo. La mordida a la piedra. Escombros escupidos con prejuicios y veneno autoadministrado.
Falta poco para lo que suceda primero: el derrumbe, el despegue, el hundimiento o la implosión.
La sola presencia…rutinaria, condenada, obligando a calzar las arrugas verdaderas, el estupor arrasado por la inmovilidad de las avideces. Cronos, inseguro de su inmortalidad que despierta envidias y encierra destierros del ego con pañales recién defecados.
Es una ruleta hueca, mecánica, infinita.
Hacer chirriar su engranaje en repetición. Ahí está: trabaja, trabaja.
Es esa la fuente, la fuente de donde brota la savia que llaman circunstancia, realidad. El billete de lotería repetido que no saldrá.
De vital importancia es esa interrupción, esa violación flagrante a una tranquila soledad. A respirar un aire único. Azufre propio no es inmundo a menos que traiga aires de pretendida inocencia, nobleza y tranquilidad.
Lo díscolo de estos paisajes, lo inaudito de que el prisionero arrastre el grillete y se le repita la condena como un mantra, ante sus ojos, humillando cualquier rastro y aspiración a ser individuo libre. A ser. Ser. La libertad es una convención, un canon moderno.
Del lenguaje muerto de estas oraciones germinan aborrecimientos con sonrisa mañanera, timidez de prostíbulo y bondad de tiro de gracia.
Tienen la impune tarea de molestar al pájaro cucú en su nido. ¡Dejenlo! No desea arrastra sus alas, déjenlo.
No le hagan saber que hace tiempo hierve en agua para saciar el hambre de quienes sonríen y vomitan la gula propia.  
© Edwing Salas
Foto: Edwing Salas
23/04/15

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