Cena(ge) a Trois



Un escalón de madera separa el pequeño recibidor donde están el bar y algunas mesas, más allá, el amplio salón repleto de más mesas, envueltas en manteles blancos con  rectas líneas rojas que se cruzan.

Es un concurrido restaurante, donde todas las familias de la gran capital parecen darse cita cada domingo, para un tradicional almuerzo italiano.

En el borde de madera de ese escalón, uno de los comensales recién llegados había dejado un generoso trozo de mierda de perro que traía en sus zapatos.

- Que lo limpie el bachero.

Dijo Álvaro con su certero y ansioso tono de jefe. Omar, el mesonero que llevó a Magnolía a trabajar ese día, secundó la idea con su perenne sonrisa de Gardel en opiáceos.

Esa era la solución que aportaba cada miembro del personal que ahí laburaba cada vez que se presentaba alguna contingencia de se estilo.

Desde colocar las pastillas de orine de los baños, hasta echar lavandina en los fluidos fétidos de basura callejera, dejada por las bolsas arrastradas por los esclavos de otros restaurantes de la cuadra.

La reciente entrada del nuevo lavaplatos le hacía candidato especial para todo tipo de tareas que los tanos criollos detestaban hacer.

Está bien, no pasa nada, William la tiene reclara de cuál es el papel que le toca desempeñar en la cadena alimentaria del nuevo ecosistema en el que se ha alojado. El problema es que cada eslabón sabe su rol.

Magnolia lo miraba condescendiente mientras libraba crueles batallas contra la grasa de las ollas, los sartenes, los platos  y las delicadas copas. Malditas copas, que frágiles.

Mucho más frágiles que la mirada piadosa de Magnolia, cuyos ojos verdes de tigresa, por mucha compasión y melancolía que contengan, al hacer contacto con cualquier hombre, provocaban un incesante babeo por la boquilla del glande.

Omar la llevaba cada domingo a trabajar, para que lo asistiera a él y al resto de los camareros. Era obvio que la petisa de culo y tetas milimétricamente bien colocadas era de su entera propiedad. Está bien, no pasa nada.

Ella se confesó amante de la cumbia y el reggaetón cuando Leonardo, el cocinero estrella, le preguntó que música le gustaba.

- Vos sos de la que te montás en la tarima a bailar con la banda y todo.

Sus dientes se asomaron y sus mejillas mostraron apetitosos hoyuelos al reír. El lunar junto a sus labios, a lo Monroe, era el botón de ignición que impulsaba a todos a intentar ligársela.

Su cabello rojizo y mechones rubios completaban el cuadro de una veinteañera hot y con toda una vida de disfrutes y problemas por delante.

“Seguro ha de tener pecas en el cuello y la espalda”. Pensó William mientras un chorro de agua hirviendo quemaba sus manos, ya tostadas por la genética tropical.

Cada cierto tiempo Omar marcaba el territorio con un beso robado o alguna que otra mano, asegurando las partes que ya habían sido tocadas por él , tanto por fuera , como por dentro. Era el aviso que decía: “Si muchachos, todo esto es mío, así que cuidado”.

“Viejo hijo de puta” pensaba William con resignación. También la tenía reclara de su momentánea invisibilidad dentro del ecosistema, gracias a su trabajo (castigo).  

- Permiso Williams.

“¡Que soy William! ¡No Williams! ¡Mal nacida!” Pensaba mientras mostraba una prolija sonrisa a Iskia, la pequeña repostera que bordeaba los cincuenta y se lavaba las manos compulsívamente cada cinco minutos en la bacha, interrumpiendo su trabajo.

Por si fuera poco, Marley, la llave  culinaria de Leonardo, aparecía con cuchillo en mano, también para usar el agua y limpiar su herramienta de trabajo.

El espacio estaba muy reducido por los roles que la vida había puesto a desempeñar a cada uno.  

- Necesito más velocidad ¡Vamos chicos! ¡Vamoooo!

Esa consigna marca la aparición de Giusseppe, el chef metalero. El verdadero número 1 de la cocina, aunque solo era en el papel. Tenía diploma por haber cursado la carrera de gastronomía, cosa que Leonardo no había hecho y, aunque la realidad justa favorecería a este ultimo, la realidad verdadera decía que Pepe (como le llamaban), estaba a cargo.

Eso hinchaba las pelotas de Leo, cuyo sueño dorado era ser el encargado de una cocina.

Fuego, aceite y agua hirviendo. Ansiedad, dolor, carne que arde. El paisaje del averno.

Al otro lado del fino muro de cristal: familias felices disfrutando de las milanesas, los ñoquis y los sorrentinos.  

El infierno se volvía más cruel con su presencia, su mirada, su espalda mientras se hacía una coleta que dejaba ver su nuca. Era como estar frente a una de las obras maestras de la humanidad en el Louvre y no poder tocarla.

Si la cocina dejaba sentir el aroma de las frituras, ella expelía feromonas mortales y miraba tu rutina indignante en silencio. Eran solo miradas, para todos. Seguramente no era culpable de esa fuerza bruta sexual.

Alvaro entra a la cocina a ordenar cualquier pavada y también la ve. Es incómodo cuando muchos deshidratados codician la misma botella de agua, al parecer, la única en esas deplorables circunstancias de espacio-tiempo, incluso, por encima de Merlina y el resto del personal femenino.

Lo peligroso de esta ciudad son sus mujeres: tan solo mirarlas derrite tus pupilas.

El tiempo, el calor, los fierros y el porcelanato curtido, ¡Montañas enteras! Como cadáveres con vísceras rojas, blancas, verdes y amarillentas.

Te hace agonizar y maldecir cualquier deidad del universo, o todas ellas a la vez: “¡Fuck me Jesus!” “¡Suck my Dalai Lama!” “¡Go to the fucking hell Lorenzo Lamas!” “¡Estoy en llamas!”.

Ocho horas de tortura. Vejación continua “in crescendo” , como dicen estos tanos mal nacidos.

Ya en la noche, la tormenta de fuego ha pasado. Omar intercambia susurros en un rincón con la carne de su propiedad.

Los murmullos que apenas se escuchan llevan la tenue atmósfera de la tensión. Es una sociedad patriarcal, no lo olviden.    

Las torres de platos y cubiertería sucia se levantan como monumentos a la voracidad humana. Las manos entumecidas se mueven a un ritmo frenético desengrasando y enjuagando. El agua empapa las converse, el sudor resbala en caída libre por las sienes.

Ahi estaba de nuevo su mirada de intension condescendiente, pero de resultado erótico y provocador.

- ¿Todo bien? –Preguntó-

William respondió con la típica naturalidad que da el desespero-

-Todo bien ¿Y vos?

- Bien…

No era cierto, a William algo le decía que Magnolia; salvo, en lo físico y externo, no estaba bien.

-¿Querés un poco de agua? –Volvió a preguntar-

William asintió tratando de esbozar sonrisa, mientras gotas de espuma hirviente brincaba hasta su cara.

Ya no había platos apilados en montañas infranqueables, en ese momento ya solo restaban unas pocas ollas y cubiertos de los chefs.

Omar apareció para despedirse con su impecable sonrisa y el puñal que generalmente lanzaba cuando le dabas la espalda.

Pero Magnolia no se fue con él. La ayudante que acomoda los platos debe permanecer hasta que cada pieza este limpia.

Manos entumecidas aún se mueven a un ritmo frenético desengrasando y enjuagando.

- ¿Te falta mucho?

William comprendió lo que traía esa interrogante.

- Ya te podés ir, yo acomodo esto, no hay problema.

- ¿Seguro?

William asintió con una sonrisa. No lo hacía por ser buena onda. Quería estar solo con su miseria y seguir maldiciendo a la humanidad y sus deidades.

Solos, el hombre y la bacha intensificaban el momento de lucha cuerpo a cuerpo contra la grasa. Vivir o morir.

Magnolia se dejó ver nuevamente, mientras buscaba en la estantería de la barra una botella de vino.

- Yo te hacía lejos –Dijo William con sincera sorpresa-

- Me voy a quedar otro rato, Alvaro y Pepe me invitaron a cenar.

En sus palabras se podían descifrar intensiones y emociones que William decidió no dejar permanecer. No era su asunto. Lo que se armaba al otro lado del delgado muro de cristal le chupaba un huevo. Posta.

El bachero termina su jornada y se cambia rápidamente para salir en busca de la calle bajo cero y la libertad que ella encierra. El mañana traería consigo el día franco.

Y, aprovechando la versatilidad de ciertas palabras para hacer juegos: para ser franco, no le interesaba en lo absoluto si esa cena para tres derivaría en otras cosas. El papel que le había tocado desempeñar no llegaba hasta esos predios.

Para continuar siendo franco, tampoco le interesó preguntarle a alguien por Magnolia, ya que esa fue la ultima vez cuando la vio.

No se puede especular sobre lo que pudo haber sucedido esa noche, era inevitable que todo terminaría conviertiéndose en un secreto, en conclusion: le chupaba un huevo todo.

                              Fin

© Edwing Salas
09/07/15

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