Río de las sirenas





Es un torrente ferroso, gris en el fondo, la corriente ruge agresiva y se escucha mecánicamente varios metros a la redonda.


Los pobladores de esa ribera moderna ya deben estar acostumbrados al decibélico vaivén de las horas pico, a los rápidos pececiclos, que se escabullen zigzagueantes, como descargas eléctricas, entre los animales más grandes de cuatro membranas flotantes.

El ruído que pueden producir algunos pececiclos es como el de una bestía rabiosa de gran tamaño. Por eso, asustan cuando se aproximan, las personas temen por su seguridad, porque estos animalitos, a veces, cuando andan en manada, pueden quitarte pertenencias, entre ellas, la vida misma. 

También, los manatíes transportadores emiten un sonido atronador.

¿Y qué decir de los gigantescos caracoles come desperdicios?

Se dejan ver en ocasiones a plena luz del día, pero son nocturnos. Van y vienen durante toda la madrugada. Su ruido al colectar, masticar y digerir puede interrumpir el pernoctar del más dormilón.  

Quienes sacan del sueño más profundo son las sirenas. Se escuchan venir con sus frenéticas voces agudas, haciendo que todos se hagan a un lado para dejarlas pasar cuando bajan con la corriente, desde lo más lejos, como fluido de luz que desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Dormir junto a una ventana cercana al río no es lo más recomendable, si la estabilidad del descanso es endeble. 


Cada noche pasan con puntualidad escalofriante: a veces, a las once u doce. De dos a tres de la mañana y en la hora más molesta: seis, al amanecer. 

Durante el día no se detienen, al contrario, se les escucha aproximarse a gran velocidad en exactas horas pico. Una rutina que se hace notar.

Su presencia en el amplio canal de navegación es aviso de que alguien se debate contra la muerte, o ya perdió la batalla.
No todas cantan de la misma manera. Quizás, la onomatopeya escrita y literal pueda ayudar a ilustrar como son las sonoridades de los distintos tipos de sirenas.

Las que más predominan son las que hacen: “Iuuú-huuuuuuú- Iuuú- Uhuuuuuuuuuú-Uhuuuuuuuuuú-Uhuuuuuuuuuú”. Otras dejan escapar como un aullido inverso: “Uhhh –Ihhh  Uhhh –Ihhh  Uhhh –Ihhh” y, por último, las menos comunes, cuya señal sonora es entrecortada y  quebradora de nervios: “Uuuuhhh-Iiiipppp.  Uuuuhhh-Iiiipppp. Uuuuhhh-Iiiipppp”.

De tanto que pasan, llevando o trayendo algún anciano en pleno epílogo, o una persona joven, abatida por alguna mala hora en su destino, el oído suele desensibilizarse y hacerlas parte del entramado sonoro que sirve de fondo a la cotidianidad de quienes atraviesan el río diariamente; guiados por las luces intermitentes de los árboles amarillos o negros.
  
A veces, el río es manso en altas horas de la noche, sobre todo, de domingos a miércoles. A partir del jueves, la corriente se hace tan agresiva como lo es de lunes a viernes durante el día. 

Hay que ser precavidos al cruzar de una orilla a otra, no vaya a ser que su fluir metalizado te arrastre y seas devorado por algún pez ferroso que no pueda detener su veloz nadar. 


Si eso sucede, aparecerá una sirena y te llevará en su interior, donde intentarán salvarte: empieza el combate contra la muerte.

Pero, en realidad, gracias al cielo, existen muy pocas posibilidades que eso ocurra, a menos que te toque.

Somos seres oriundos de las selvas de concreto y conocemos como funciona el ecosistema. 

Existe la certeza de que un petrificado fondo de asfalto es un seguro canal de navegación en un solo sentido (como en el pasaje descrito), más que un lindo y apacible río infectado de candirús
                                                 
                         FIN
© Edwing Salas
26/10/15

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