Temporal anunciado



No se puede subestimar la lluvia de Buenos Aires. Es puntual, se podría decir que sorprende con su llegada veloz. Cae de todas las formas posibles. No existe manera de cubrirte o resguardarte de ella si te sorprende en la calle. 

Lo de “sorprender” es una exageración. En las noticias matutinas ya se anunciaba la tormenta para el final de la tarde y la noche, advirtiendo a la gente para que tomase las previsiones necesarias.

Abrigo, paraguas y todo para desplazarse en caso de chubasco. Todo cubierto. 

El calor húmedo de la tarde fue el preludio para el crescendo de gotas indetenibles que se desato a las nueve de la noche. Veintiún horas, en odioso horario militar.

De una en una fueron cayendo, hasta que llegó el momento cuando se hizo imposible detenerlas. No había chance de escapar, ni siquiera, bajo algún portal de esos que abundan a lo largo de las veredas. 

El cielo encapotado de la noche era un manto blanco por donde desfilaban las descargas que producen los relámpagos.

La campera con capucha y el paraguas aparecieron, prestos a cumplir su función de escudos, pero, cuando aparece el viento con sus ráfagas que sacuden árboles, cables y desprenden toda superficie mal asegurada, nos damos cuenta que el vector de la lluvia no es solo de arriba hacia abajo, sino, también; de frente, de lado, en la retaguardia.

Zapatillas, pantalones y la humanidad entera reciben el abrazo húmedo del clima, las cosas vuelan por el aire y la percusión de la electricidad en el cielo hace que todos apuren el paso.

El paraguas cruje, se desintegra, abatido por la fría ventisca. Es una pieza de apenas 50 pesos, no puede exigírsele más. 

Hay que detenerse bajo el portal del algún edificio para guardar el objeto inservible y continuar, apenas con la protección de la capucha de la campera de algodón. 

El resguardo sólo es un acto reflejo; ya el agua hace rato se adueñó de todo. Se corre para llegar más rápido al destino, no para huir de lo que ya te empapó hace tiempo.

El cabello, los anteojos, las zapatillas; todo gotea, tiende a doblarse, facilitándole al liquido celeste su camino hacia los pequeños ríos que recorren las calles y avenidas. Ha sucedido muy rápido. Se tomaron todas las previsiones, pero, contra la naturaleza, solo las utopías demagógicas y, ni siquiera eso. 

Al llegar a la entrada del edificio la tormenta cesó de caer en la humanidad del individuo. Afuera, el espectáculo de la lluvia continuaba su desarrollo. 

A partir de ahí, cualquier narración conduciría al tedio. La ropa estaba urgida de calefón, eso era lo único que había que hacer y, por supuesto, también, llover letras sobre el blanco de la hoja del Microsoft Word.

No se puede subestimar la lluvia de Buenos Aires.

                         FIN
© Edwing Salas
17/06/17



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