Le France du 1975 -Primera parte-






La Francia de 1975 no era muy diferente de la que tenemos hoy. Veo los canales de noticias, los periódicos y escucho a los jóvenes en la calle comentando los cruentos videos de las masacres, subidos en las redes.

El mundo sigue siendo un lugar peligroso y no he tenido tiempo de advertírselo a mis nietos. Quizás, ellos ya lo sepan y no les importe, total, son jóvenes e impetuosos. Deidades inmortales.

Ese año me acercaba al final de mis treinta, fui incorporado a la Direction de la Surveillance du Territoire, luego que el Chacal diera muerte a dos compañeros de la fuerza. El país no iba tolerar tal agresión dentro de su propio territorio. Había que hallarlo vivo o muerto.

Me consideraban una joven promesa dentro de la DST. Mis habilidades para espiar eran las mejores. El trabajo encubierto era altamente demandante y peligroso, pero me daba la oportunidad de adentrarme en personajes y submundos jamás descubiertos por ciudadano alguno, era la sublimación perfecta de mi sueño frustrado de ser actor.

La cualidad de la juventud era solo dentro de la carrera del servicio de seguridad estatal, cuyos ascensos se dan a largo plazo, algo así como una maratón.

En la vida cotidiana no sucedía de esa manera; terminar los treinta era visto como una aberración, la pérdida total de tu libertad, ya que por descarte pasabas a ser un bloque inamovible del sistema opresor, ese era la visión de los quinceañeros y veinteañeros que no conocían el miedo y formaban parte de una generación libertaria y sin prejuicios. 

Yo tampoco conocía el miedo, a pesar de mi cronología y mi soledad, hasta que fui asignado para averiguar la vida de Claire, una de las amantes del Chacal.

Tenía 26 años y trabajaba en uno de los restaurantes bohemios del distrito 16. Era solo una misión que cumplir. No era llamativa físicamente, más bien, escapaba al típico canon de belleza parisina, tampoco quiero decir que no poseía atractivo alguno: su rostro de facciones del sur de Italia, heredados de sus abuelos, demostraba una transparencia pocas veces vistas en ser humano alguno. Era como si miraras de frente el sol mañanero a través de un amplio ventanal. Aun tengo esa sensación grabada desde mis ojos.

Lo comprobé justamente cuando establecí mi primer contacto con ella. Supuestamente yo era un cronista deportivo recién mudado a la zona, Phillipe, era el nombre de mi nuevo personaje y provenía de Reims.

Su sonrisa y su energía me abrumaron, pero no desde el punto de vista erótico o platónico, solo era una chica muy cordial. A ella le gustaba el fútbol, no lo practicaba, pero si se liaría de por vida con un futbolista profesional, ese era su perfil. 

Salía a correr, nadaba, iba al teatro, al cine, acudía entusiasta a protestas contra la guerra, contra la discriminación, las multinacionales, quería cambiar al mundo, organizaba muy bien su tiempo para ello.

Era muy independiente. No había duda que era el tipo de chica en la que se fijaría el seductor y enigmático Chacal. Nacido en una meca petrolera suramericana, llamada Venezuela. Su osadía deleitaba el sueño de las europeas sobre un peligroso amante latino.

Mis bisabuelos eran marroquíes, por lo que llevo cierta huella de ellos en mi dermis, eso no significó ningún problema para mi, que yo recuerde. Mi apariencia debió ser considerada por Claire como una parte de esas causas por las cuales luchar, hizo que me ganara su confianza rápidamente. 

-   Marruecos es una tierra mágica y hermosa, estuve ahí hace tres años
  -me dijo ella al enterarse que mi verdadero ser, mimetizado en Phillipe, tenía sangre de moro-

Preguntó si había ido a visitar la tierra de mis antepasados. Le contesté negativamente. Ni Phillipe ni yo estábamos interesados en conectarnos con nuestros ancestros. 

Su actitud ante la vida y la melodía de su voz, plagada de ingenuidad, me sacaba del carril de la misión que debía cumplir, peor aún, me hacía pensar en la salvación del mundo, por eso había que cambiarlo. 

Ella no sospechaba que la seguía todas partes, ayudado por otros tres colegas de la fuerza, con quienes coordinaba operaciones, pero era yo, lo que llamarían, el caballo de Troya.

No había caído en cuenta del hechizo que ejercía el objetivo en mí, hasta que mis compañeros me lo hicieron saber a través de una amenaza camuflada de advertencia. El discreto encanto de los espías.

Empecé a seguirla con más empeño, pero no para saber si se veía con Carlos El Chacal o era parte de su organización, sino para conocer sus gustos personales, temores y esperanzas. Al mismo tiempo, tenía a mis compañeros pisándome los talones. 

Un día, tomaba notas en mi mesa sobre sus últimos movimientos cuando me sorprendió con el habitual café.

 -¿Qué estás escribiendo? -preguntó muy interesada-

Había cometido un error de amateur, así que hice lo que generalmente se hace en este caso. Empeorar las cosas:
-    
 -Poesía –le contesté ocultando mi libreta de seguimientos-

--Sabía que eras más que un simple redactor de deportes, siempre supe que tenías sensibilidad y te apenaba demostrarla -manifestó ella con el faro de su sonrisa iluminándole el rostro- 

La felicidad y cordialidad que irradiaba era realmente abrumadora. Esa tarde me pidió que la acompañara a una función de media noche donde proyectarían una película de Passolini.

Finalmente, dije que sí, luego de mostrarme tan renuente. Nuevamente, volví a empeorar las cosas.

-¡Cuidado! Te puede estar usando como señuelo. –me advirtieron mis compañeros cuando les informé la novedad-

Les expliqué que era una perfecta oportunidad para sacarle información, de conocer más sus hábitos y entorno de amistades, y sobre todo, comprobar si de verdad estaba vinculada con el terrorista venezolano.

De no comprobarse su relación con Carlos, seria cerrado su expediente y la dejaríamos en paz -cosa que yo rogaba muy dentro de mi- era demasiado encantadora como para juntarse con un tipo así, no se merecía eso. Empecé a pensar que se merecía a alguien como yo.

- Repito Fassel, cuidado, te estás arriesgando mucho, no sabemos si te está usando.

-     - ¿Te has detenido a pensar que podría ser una trampa?

Advirtieron con mucha vehemencia mis compañeros.

-  - ¡No es una trampa! ¡No conocen a esa chica! Estoy seguro que está limpia, no tiene un ápice de malicia.

No me quitaron la mirada de encima cuando me fui. 


Continuará... 

(c)Edwing Salas 11/12/15

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