El día cuando todo pareció un comercial de cerveza

 


    A esta conclusión llegó Julio cuando reflexionó sobre lo que había vivido. Su carcajada estalla al recordarlo, porque se sintió como en esos comerciales de televisión,  donde un personaje común vive una aventura que involucra lindas chicas y descontrol en un gran festival de música.

Esto fue lo que ocurrió ese día: Julio jamás imaginó que podría ver a su héroe de juventud Iggy Pop, pero ahí estaba; entre miles de personas que habían acudido al recital. Fue con su amigo Leopoldo , pero este decidió ver la presentación del legendario artista desde lejos, donde no había tanta gente que pudiera perturbar su aura sabia y nihilista.

El show de  Él Mató a un Policía Motorizado fue un inicio poético. Sus súbditos simplemente se dejaron transportar por ese sonido melancólico que los hace cautivos llenos de comodidad, que compartieron fanáticos y espectadores regulares.

En el interludio aprovecharon para  descargar las aguas corporales y ver las remeras oficiales de los artistas que se presentaban. Todo muy lindo, pero Doña Inflación tiene un hambre voraz por estos días.  Julio y Leopoldo sacaron sus billeteras, solo para proveerse de la cerveza patrocinadora del evento. No era que el precio de las latas verdes fuera económico, sino que el ambiente tentaba al paladar.

Al volver al campo, Leopoldo retomó su lugar cerca de donde transmitían los medios que cubrían el evento. Por su parte, Julio buscó el centro para no perderse ni un detalle de lo que vendría.

 The Libertines apareció  desatando su celebración llena de guitarras rasgadas y batería potente. Carl Barat y compañía volvían a las andadas, luego de un pronunciado paréntesis de la banda. Era su primer recital en Buenos Aires, por eso quedaron muy agradados ante la respuesta del público, lo que les hizo ejecutar su repertorio con maestría y mucha buena onda, avivando los ánimos.

 Julio disfrutaba al máximo, a pesar de estar comprimido en una masa de desconocidos. Esa era la parte desagradable de ir a eventos multitudinarios.

Además, el peligro rondaba: una linda chica de diecinueve años que estaba delante de él, restregaba toda la espalda contra su parte frontal. Estaba tan cerca que su dulce olor lo esclavizaba. Deseaba respirarla  hasta la ultima parcela de piel.

A ella le daba igual, no le interesaba para nada, solo se dejaba llevar por los temas fiesteros del cuarteto inglés. No se insinuaba.

Además, había un pequeño detalle: su padre la acompañaba.

 Julio se veía obligado a mantenerse inmóvil y con la vista al frente,  tratando de ignorar todo, para evitar que cualquier reacción natural de su parte se prestara a una mala interpretación de la situación. Lo mejor era seguir haciéndose el gil hasta que la banda terminara y la masa de personas lograra descomprimirse.

The Libertines se despidió dejando la promesa de volver; de hecho, se quedaron unos días más, vagando por la ciudad, según dijeron fuentes oficiales y extraoficiales del chimento.

La pausa antes del evento principal fue aprovechada para buscar a Leopoldo, pero fue imposible encontrarlo. En menos de una hora se duplicó el número de gente y él ya no estaba en su lugar habitual. La infructuosa búsqueda le dio sed a Julio.

Doña Inflación se había salido con la suya: solo quedaba para comprar una lata verde, lo demás debía ser destinado al transporte de regreso a la ciudad. La cerveza fue guardada con celo ya que Julio planeaba beberla cuando empezara el show de Iggy.

Julio se situó en medio del campo, a veinte metros del escenario, para poder ver y escuchar en todo su esplendor el  esperado show.

La noche era clara y con el clima de primavera en plena despedida. La luna... invitada especial, mostraba su cara y sonrisa brillante. Había escuchado cada melodía que despegaba desde el escenario.

Julio reparó en la solitaria mujer que tenía al lado hace aproximadamente 15 minutos. Ella le sonrío en aprobación de la circunstancia que los unía: juntos presenciarían el show de su héroe milenario.

Julio le devolvió la sonrisa, consintiendo la simbiosis temporal entre ambos. Era atractiva, silenciosa y no se había apartado, como hubiese hecho cualquier otra. Se harían compañía para ver el show y quizás,  luego intercambiarían opiniones, sonrisas y seguramente corearían sus temas preferidos.

Las luces se apagaban, los gritos llenaban el ambiente. Julio saca la lata de cerveza y se prepara para abrirla . El show está a punto de empezar. La chica lo mira con ojos invadidos de gracia ante su pose ceremonial. Él ríe con complicidad. Se le infla el pecho. La eternidad baña de oro esos 5 segundos. Los músicos salen. La gente enloquece. Suena el primer acorde de "I wanna be your dog". Iggy aparece saltando. El dedo de Julio abre la lata.

Inmediatamente, una turba de fanáticos choca contra él, arrastrándolo en dirección al  escenario. La cerveza se le derrama encima. Julio cae, lo patean, le pasan por encima, lo rebolean de un lado a otro. Pierde sus gafas, su miedo aumenta; intenta recuperarlas. Lo logra, pero sigue en el piso, temiendo lo peor. Una mano aparece y se aferra a ella hasta ponerse en  pié.

No logra ver de quién es la mano salvadora. Seguramente es la mano de Dios, o de algún ángel. En ese instante, poco importa. La prioridad es escapar del gigantesco y violento pogo antes de que sea tarde.

Huye a contracorriente hasta quedar a 60 metros del escenario, inmerso en un mar de saltos, gritos y empujones. La fiesta está en plena ebullición. Julio, con la lata triturada en la mano, empapado de cerveza y con el sentido de orientación puesto en.... la música , decide olvidarse de todo lo innecesario  y se deja llevar por la ola impulsada desde la alucinante metralla de éxitos de Iggy Pop y su increíble banda.

Recordar esa imborrable noche siempre le provoca una risa espontánea y sola; como la de muchos locos.








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